jueves, 11 de abril de 2013

11 de abril. BENDITO TOBILLO


Ahora que estoy con “la pata chula”, me he encontrado con un tiempo precioso que creo que estoy sabiendo aprovechar; pero también es en esta situación cuando más me estoy dando cuenta de la importancia de muchas cosas cotidianas y que ahora, o no puedo o me cuesta mucho hacer: ir al baño, acercarme a consultar un libro, bajar a tomar un café, o –sobre todo- ir a ver a mi familia… mi sobrino, por ejemplo, se ha puesto malito y me es imposible acudir a estar un ratito con él, me he tenido que conformar con el teléfono.

Yo creía que, al tener un padre parapléjico,  ya estaba más que concienciado con las dificultades de movilidad, pero la verdad es que, hasta que un problema  no lo vives en tus carnes no te enteras del todo  de lo que eso es.

Esas escaleras del convento que he subido y bajado corriendo varias veces  a diario, ahora se han convertido en un abismo agotador, el pasillo que conduce a mi habitación se ha vuelto interminablemente largo y la ducha, una arriesgada acrobacia.

Lo que ayer era normal, un acto automático que realizaba sin darme cuenta, ahora se ha transformado en desafío.  Unas veces me desespero, aunque en la mayoría de  ellas acabo riéndome “a pierna suelta” de mí mismo, de mi torpeza  y de lo absurdo y complicados que son los montajes que preparo para las acciones más sencillas.

Sé que ya he hablado otras veces aquí de lo importante que es valorar lo cotidiano, pero ahora tengo que volver a hacerlo, quiero recordar a quien me lea, todas las bendiciones habituales que podemos disfrutar; esas que parece que no cuentan, las que creemos que nos vienen de serie, que son la normalidad… esas que no aprendemos a apreciar hasta que nos faltan: las personas que nos quieren y los detalles que nos regalan sin parar; el cuerpo, que aunque sufra alguna limitación siempre está rebosante de posibilidades; la risa; el Sol y las estrellas; el hogar; la fe… la  infinita cantidad de regalos impresionantes  en la que nos movemos y vivimos todos los días. Por muchos y graves que sean los problemas que se nos presentan, siempre son más grandes y poderosas las cosas buenas que se nos dan. ¡Que no se nos escapen!
 

lunes, 8 de abril de 2013

8 de abril. ACCIDENTES


Bueno, pues aquí estoy, recluido durante diez días de reposo absoluto a causa de un esguince en el tobillo. Ayer, tras la misa de una, no sé muy bien cómo, di un traspiés y me fastidié bien el tobillo.

Lo primero que pensé cuando sentí ese dolor tan intenso fue “no, por Dios, ¡lo que me faltaba!” con todo lo que tengo que hacer, ahora  no me puede pasar esto… supongo que fue una reacción muy humana.

Tuve que suspender todas las reuniones y la eucaristía de la tarde y marchar a urgencias, claro. Mientras esperaba a que me atendieran en el hospital, ya más tranquilo, empecé a pensar que la inmovilidad que  seguramente me ordenaría el medico también podía ser una buena posibilidad; recordé que la última vez que me lastime el tobillo, Dios me desarmó, fue la ocasión que me imposibilitó  el seguir huyendo de la llamada de Dios y en aquel tiempo de descanso fue cuando acepté la vocación a la que Dios me llamaba.

Así que ahora no tenía que ser distinto, que podía ver este percance desde Él. Quizás esto sea un regalo para que pueda estudiar, leer y escribir; para adelantar parte de todo ese trabajo que tengo pendiente… y sobre todo, un tiempo para serenarme, rezar y  aprender esa lección que, probablemente mi Dios va a ofrecerme.

Y  así como lo estoy viviendo, aún siento bastante dolor pero estoy contento porque las “clases” han empezado pronto: El cariño y las atenciones que estoy recibiendo por todas partes; el comprobar por enésima vez que nadie es indispensable, que puedo desaparecer durante diez días sin que se hunda el mundo; el ponerme en la piel de los que sufren cosas tremendamente más importantes que yo; la lucha con las barreras arquitectónicas…

Ya se verá cómo se desarrollan los acontecimientos, de momento aquí estoy yo, inmóvil y con los oídos y el corazón  bien abiertos.

viernes, 5 de abril de 2013

5 de abril. JOPECON


Al volver de la Pascua, me he encontrado más desbordado que nunca por el trabajo… me espera una buena temporada de no parar, cada día, cuando termino los asuntos de la parroquia y el ministerio, me están esperando en la habitación otros compromisos que ya van empezando a ser urgentes y que me ocupan todo el tiempo. Para poder dar abasto, hasta he tenido que ir renunciando a algunas ocupaciones menos importantes, incluida mi cita diaria con este blog.

No voy a negar que esta situación me agobia un poco, pero a la vez es muy agradable. Esta tarde pensaba que todos los testigos de la resurrección, tras encontrarse con Cristo vivo, son enviados inmediatamente a anunciar esa alegría a los hermanos. Así que, esta VIDA con mayúsculas que se nos ha regalado y que estamos celebrando es para que nosotros, a su vez, la regalemos, la ofrezcamos a los demás.
 
 
 

Es una misión que si se contempla sin falsos romanticismos es dura: exige sacrificio, austeridad, compromiso… y, no sé si me estaré engañando a mí mismo, pero quiero pensar que en eso estoy yo ahora: dando vida. Al contemplar esta situación desde esa perspectiva es cuando, en medio de este ritmo extremo de trabajo, encuentro alegría y de la buena.

martes, 2 de abril de 2013

2 de abril. LA VIDA EN REALIDAD


Ya estoy de vuelta, tras una preciosa experiencia en Alcalá la Real; unos días en los que hemos vivido intensamente el gran misterio del amor.

Regreso cansado, porque como digo, el ritmo ha sido fuerte, pero, a la vez, profundamente renovado por todo lo vivido y compartido con mis hermanos frailes, las monjas, los laicos dominicos y las gentes de la ciudad; por –ante todo- el inmenso regalo de Dios, por la luz y el nuevo comienzo de la Pascua.

En apariencia todo sigue igual: al volver me seguían esperando las dificultades y un tremendo volumen de trabajo; tras unos días “desconectado” de la prensa y la televisión, me entero de las nuevas crisis de violencia que atormentan al mundo, la tragedia humana parece continuar… la resurrección no es algo evidente que se imponga a nuestra voluntad.

Pero bajo esa superficie complicada, que se nos presenta a primera vista, es posible descubrir que ya nada es como antes, que todo ha sido profundamente transformado… ¡puede encontrarse uno con la VIDA en realidad!

La Pascua nos ofrece una nueva perspectiva más amplia de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. No podemos aislar los acontecimientos, los dolores o la oscuridad de la vida, sino contemplarlos desde un “más allá” que tenga en cuenta el pasado (todo lo disfrutado y crecido) y lo que está por llegar; un futuro que, en Dios, podemos esperar sin miedo porque sabemos que nos traerá el triunfo sobre todo lo que nos amenaza, el encuentro con todos los que se fueron, una eternidad de plenitud y humanidad.

Es una visión que se fundamenta en la confianza de que nuestro destino es también la resurrección de Jesús, sí, pero que transforma también y por completo el ahora, el “mientras tanto” en el que estamos caminando por esta tierra.

Porque la alegría que nos aguarda en el destino es la que nos impulsa a continuar el viaje: a salvar los obstáculos, a seguir luchando, a no detenernos ni desesperar en los atascos. El fin que esperamos llena de luz todo aquello que –bueno o malo- configura el camino que nos conduce hasta allí.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!
 

martes, 26 de marzo de 2013

26 de marzo. SENSIBILIDAD Y SENTIDO


Esta Semana Santa, hemos recibido en el convento a un jovencísimo prenovicio que pasará estos días con nosotros para echar una mano en la parroquia. Anoche, salimos a ver algunas procesiones, entre las que estaban algunas del barrio donde crecí. Hacía bastante tiempo que no iba a verlas y, el ambiente de las calles, los sonidos, los olores… todo me revolvió por dentro y me hizo volver a aquellos tiempos en los que era un chavalín y salía a ver cofradías con mis amigos. Como por arte de magia volvieron con intensidad a mi corazón infinidad de momentos, rostros y detalles de aquella época en la que yo no sabía nada de casi nada…

Después descubrí el sentido de estos días, empecé a participar de las pascuas juveniles y ese nuevo horizonte que se abría ante mis ojos fue dejando atrás aquella costumbre.

Este año, de nuevo, marcho con un grupillo de jóvenes para celebrar la Resurrección  junto a las hermanas en un monasterio. Empezamos mañana y he pasado toda la tarde ultimando los detalles para el viaje y la experiencia. Mientras intercambiaba mensajes con el resto de participantes, concretando horas y lugares, junto a la ilusión de lo que está por venir, también se me ha despertado, otra vez, la nostalgia.

Son es de extrañar: son muchos años ya, festejando en estos días la Vida; tantos hermanos y hermanas; montones de ilusiones, aprendizajes, fe, descubrimientos y pasión… No creo que estos ataques de sensibilidad que me están asaltando sean fruto de la casualidad. Estos días centrales de la fe, son muy especiales para todo  eso…

Con frecuencia se nos impone la dureza de la cruz, la fuerza del sepulcro… son experiencias que nos sobrecogen y con razón… pero no podemos olvidarnos de lo más importante, de aquello que da razón,  ilumina y cristianiza esos momentos: ante todo, en estos días, estamos celebrando la potencia del AMOR, de la intimidad de Dios con nosotros que, sin merecerlo en absoluto, hemos recibido… así que debe ser  normal que uno tenga derretido el corazón ¿no?

domingo, 24 de marzo de 2013

24 de marzo. LOS DOS TRIUNFOS


Acabo de terminar los trabajos de este Domingo de Ramos, frenético e intensivo: las celebraciones de la mañana en la parroquia, con la iglesia abarrotada de gente; muchos amigos que se han pasado a celebrar con nosotros y, de paso, a verme; invitados para comer; mi ciudad en sus fiestas mayores;  más celebraciones por la tarde, una visita a un grupo de jóvenes que están celebrando la Pascua aquí cerca… como digo, un no parar, pero pleno de satisfacciones y alegrías.

Puede que, precisamente,  haya sido ese volumen de trabajo el que me ha posibilitado una profundización mayor en este día con el que se abre la Semana Santa. He encontrado muy cercano a la vida y al presente ese recibimiento multitudinario  que se le hace a Jesús, el entusiasmo que se le demuestra y también la fugacidad del mismo, porque no podemos olvidar que, los mismos que hoy gritaban “bendito el que viene en nombre del Señor”, en dos días seguirán gritando, pero entonces dirán “¡crucifícalo!”.
 
 

Entiendo que la alegría inicial procedía de una confusión: creían que, ese que llegaba, venía a meter en cintura a los romanos, a los fariseos y  a los poderosos que tenían sumido a Israel en la desgracia… ¡a “darles caña” a los demás! Porque, claro, todo lo que va mal siempre es culpa de los otros…

Pero cuando Jesús, en lugar de hacer eso, se dedica a expulsar a los mercaderes del templo, se junta con los apestados de la sociedad, a lavarle los pies al personal y a decirnos que, como Él, hemos de partirnos y repartir la propia vida por amor…. Cuando su desafío no se dirige a terceros sino, directamente a cada uno de nosotros, entonces ya no resulta tan atractiva la cosa; se vuelve más bien incómodo ese mensaje, nos molesta… y llega el maldito “¡Qué lo crucifiquen!”

Hoy, las calles de esta población estaban atestadas de personas, también con ramos en las manos, como entonces… pero sería muy ingenuo pensar que todas esas gentes estaban movidas por un verdadero deseo de acoger, de verdad, a Jesucristo….

También hoy necesitamos cambios profundos en la sociedad, tanto a nivel local como globalmente; deseamos igualmente una mayor coherencia y significatividad de nuestra Iglesia.

Es la transformación y la novedad que nos trae  ese hombre que viene montado en un burrito, sí, pero no a base de colarle la pelota al tejado del vecino, sino, asumiendo cada uno su propia responsabilidad; dejando que ese amor tremendo, que nos muestra hasta las últimas consecuencias, nos toque el alma a cada uno de nosotros y nos lleve a vivir de una manera radicalmente distinta.

Hoy, junto al jaleo de las calles,  también he tenido el privilegio de compartir ese otro camino alternativo con cincuenta chavales muy jóvenes que eran capaces de retirarse de todo y juntarse; para estar juntos y pasarlo bien, por supuesto, pero también para rezar, pensar, compartir…para ahondar en su interior. Me he quedado impresionado, otra vez, por estos jóvenes Maristas: por un trabajo y seriedad que no están reñidos con la alegría y la juventud.

Así es la cuestión y desde hoy mismo, se nos presentan los dos triunfos, en la Palabra y en la vida: por un lado el de las muchedumbres y  los flashes, los aplausos y las dignidades; el triunfo a nivel humano, que siempre es superficial,  efímero e interesado… y, por otro, el verdadero, el triunfo de Dios… que es el del amor sin límite ni condiciones, el que únicamente puede acariciar lo más profundo de nuestro ser y renovarnos por completo para darnos la VIDA.

Y en medio de los dos… una cruz.

23 de marzo. SEMANA DE MISTERIO


Estos días están siendo de un trabajo frenético, y de muchos preparativos; no es para menos: mañana comenzamos una semana en la que celebramos el Misterio…

Ese gran misterio del despojamiento de Dios, el misterio de la propia encarnación… es la grandeza de un Dios que, por amor, se hace pequeño y pobre, como nosotros para mostrarnos así, como en un espejo, nuestra propia verdad, para que veamos quienes somos y quienes podemos llegar a ser.

El misterio de una vida entregada, partida y repartida; arrodillada ante el ser humano en un lavatorio de pasión.

El misterio de un Dios que se deja expulsar de la tierra, que se pone completamente en nuestras manos aunque lo maltratemos y lo asesinemos….la pobreza es también el misterio de la cruz.

Es el misterio de la misma resurrección de Jesús, el de un Dios que muestra su grandeza en la misma debilidad humana.

Es el misterio que el Evangelio nos invita a vivir: quien busca su vida la pierde pero el que la da la encuentra… solo si sabemos encontrarnos en esa pobreza podremos saborear al máximo el amor de nuestro Dios.
 

jueves, 21 de marzo de 2013

21 de marzo. FRÁGIL


Esperar en Dios… ¿cómo esperamos y qué esperamos? No es una espera entendida como una resignación pasiva, sino una esperanza dinámica, que nos mueva a luchar, saber aguardar, a sacrificarnos, a salir adelante… porque nuestra esperanza no es que Dios, por arte de magia, arregle aquello que nos disgusta, arranque de nuestra vida la enfermedad o que las soluciones a los problemas nos caigan del cielo.

Nuestra esperanza es que, con Él, podemos llegar a dar sentido a aquello que no lo tenía, podamos encontrar luz en la más negra de las oscuridades; que de su mano, el dolor no nos vence sino que al contrario, nos hace crecer, más humanos, más hermanos y mejores…

Y no quiero que parezca que trivializo el sufrimiento, las tremendas bofetadas que la vida nos da… pero, si queremos desarrollarnos, si deseamos una felicidad completa, debemos tener en cuenta y asumir  esa fragilidad nuestra, la fugacidad de nuestro paso por esta tierra, nuestro ser con los demás… que nos hacemos falta unos a otros…nuestra identidad de criaturas en las manos amorosas de su Dios… comprender con serenidad que, esos tiempos difíciles que nos alcanzan, son también parte del camino hacia la felicidad, esa cruz es la puerta de la vida y la resurrección…. La pequeñez, cuando nos encontramos desarmados, incapaces, desvalidos… puede ser, también, un espacio privilegiado para encontrar el rostro de Dios.
 

miércoles, 20 de marzo de 2013

20 de marzo. MIRA


Estoy saliendo de un proceso gripal que me ha tenido fastidiado estos dos últimos días, ¡otra vez los virus dichosos!

Últimamente, no sé si será la edad que uno ya va teniendo, me estoy poniendo enfermo con cierta frecuencia… puede que también sea el organismo humano que es muy sabio y sabe obligarnos a reposar de cuando en cuando.

Como otras veces, la enfermedad ha entorpecido mis planes, tengo mucho por hacer y ya no podré seguir el ritmo que me había marcado… pero, también, me ha ofrecido la  posibilidad de parame a pensar y hacer una oración más profunda y continuada que la que habitualmente puedo tener.

Y es curiosa la perspectiva que, acerca de todo, te regala la debilidad. Te ves en la necesidad de soltar las riendas, de aparcar lo que creías que era ineludible; recuerdas que no eres inagotable o todo poderoso, tienes especialmente presente lo muy necesitado que te sientes de Dios y los demás… y hay que esperar… dejar que sea Él quien marque los tiempos.

En estos días, he aprovechado para ponerme bajo la mirada de Dios; para observarme en sus ojos, para dejarme hablar e iluminar por ellos…

Tenía la sensación de que Jesús sonreía (la sonrisa más auténtica es la que se dibuja en los ojos) ante mis esfuerzos inútiles por abarcarlo todo, por estar en todas partes, por querer hacerlo todo y bien… por todos los batacazos que me pego en esa inconsciente empresa.

Yo respondía con expresión desesperada, como diciendo “es que hay tanto por hacer y todo me parece tan importante, tan urgente….” Pero no aprendo, se me olvida continuamente mi tremenda incapacidad para casi todo; la fuerza que aún tienen en mí otros intereses que no son los tuyos; lo pequeño que soy frente a la inmensa vocación que he recibido…
 
 

Y ahí seguía esa mirada de Jesús, derramando su alegre compasión: te basta mi Gracia; tú solo déjame a mí….

El resfriado ha sido esa conversación silenciosa que se repetía una y otra vez, pero más profunda en cada ocasión.

Ahora empiezo a estar mejor y supongo que mañana retomaré el ritmo cotidiano y pienso que lo voy a hacer con la serenidad renovada; volvemos a empezar ¡de nuevo! A ver si, aunque sea muy despacito, vamos aprendiendo a dejarle hacer, a “dejarnos hacer”.

domingo, 17 de marzo de 2013

17 de marzo. PIEDRAS


¡ Qué bonitas eran hoy las lecturas de la eucaristía!

Algo nuevo está comenzando, ¿no lo notáis?, nos decía Isaías. Después, San Pablo añadía que no mirásemos hacia atrás, que nos lanzásemos hacia el futuro, con los ojos fijos en Dios y en todo lo que  nos tiene reservado

Y todo esto: ese futuro, esa novedad, esa vida plena y satisfactoria radica en una sola cosa, nos lo muestra Jesús, finalmente, en el evangelio, con su encuentro con la mujer adúltera: todo es renovar nuestra forma de mirar.

Una manera diferente de mirar al otro, no fijarnos en lo que ha sido, en los errores que cometió, en lo que no nos gusta… Una manera de vernos mutuamente que nos hace soltar nuestras piedras: desarmarnos de aquello con lo que nos podemos atacar o creemos que nos defenderá.

A desprendernos de los juicios (“ese es un tal o un cual”; “no me gusta quien eres y tienes que ser otra persona, para tener cabida entre nosotros” “aquél vive en pecado”) de las imposiciones  (“para ser aceptado tienes que vivir y ser como yo entiendo que debe ser, como fue toda la vida”) de los deseos de castigar a los demás de una manera  u otra ( “ya me las pagará”, “le está bien empleado”, “ahora se va a enterar”, “ya llegará mi momento”…)… todas esas piedras que nos  lanzamos unos a otros y que tanto sufrimiento causan, dentro y fuera de la Iglesia.
 
 
 

Los creyentes no podemos permitirnos ya, de ninguna manera, ir cargando con esas piedras que nos endurecen el corazón y pesan demasiado como para poder volar al viento del Espíritu. Hay que despojarse de ellas, para poder descubrir la posibilidad y belleza del hermano, lo que podrá ser en adelante si le ofrecemos nuestro amor.

Jesús nos enseña igualmente un modo nuevo de contemplarnos a nosotros mismos “el que esté libre de pecado…”, que nos pone en contacto con nuestra realidad: nosotros no somos perfectos, no lo hacemos todo bien; como el otro, también nos equivocamos y tenemos nuestras cosas… conectar con esa verdad, no para torturarnos con nuestros defectos, sino para descubrir que también para nosotros se abre un amplio horizonte de posibilidad, de riquezas: todo lo que aún podemos experimentar, dar y vivir.

Una forma de mirar que hunde sus raíces en la mirada de dios, la de la Gracia y la misericordia infinita, la del amor: el comprende nuestros porqués, las razones por las que hacemos o dejamos de hacer… porque conoce y ama la verdad de nuestro corazón. Con Él, nunca se puede dar todo por perdido: por equivocados que podamos haber estado, por grandes que sean nuestras faltas, por muy cansados y doloridos que nos podamos encontrar, con Él siempre es posible volver a empezar.

Esa es nuestra buena noticia, la vida, el sentido, la luz, el amor, la felicidad están a nuestro alcance, Dios nos lo está ofreciendo continuamente…. Cambiando la mirada, el enfoque, podremos verlo Juntos y, juntos, lanzarnos a por ello… porque la vida, lo nuevo, la transformación, la conversión no es un asunto que afecte sólo al Papa o al Vaticano, a los curas y las monjas….es  cosa de todos y para todos.

 

sábado, 16 de marzo de 2013

15 de marzo. ENTUSIASMADOS


 

No quiero ponerme pesado, nunca he sido muy “papista”, pero tengo que confesar que estoy entusiasmado con el Papa Francisco. Y creo que ¡no soy el único! tengo el Facebook repleto de enlaces y fotos que está compartiendo la gente; con cada nueva noticia que me llega, más perplejo me quedo, más orgulloso me siento y más se enciende mi ilusión…

Y no quiero lanzar las campanas al vuelo, que el servicio que se le ha encomendado al papa Francisco no es fácil, pero si desde el primer momento, me cautivaron  los gestos y la personalidad de este hombre, pero más aún, mucho más, lo que mis contactos –en esa red social y fuera de ella- me están transmitiendo: no sólo están contentos los de siempre; también me encuentro con el desconcierto de muchos que se preguntan ¿qué está pasando?; los que estaban insatisfechos se descubren, con sorpresa,  seducidos a sí mismos y vibrando emocionados; los desencantados, los que esperaban, los señalados empiezan a pensar que, igual ahora comienza a llegar los que tanto deseaban… unos tejen esperanzas, otros aprenden; a todos gusta esa sencillez, espiritualidad, austeridad y cercanía;  hay una satisfacción y una alegría generalizada y contagiosa a la que, yo, nunca antes había asistido.

Me parece mentira hasta a mí, pero esto que estamos viviendo, me ha arrancado de golpe del cansancio que venía arrastrando y me ha colmado de vitalidad y ganas; me devuelve al primer amor me hace pensar en que me tengo que exigir más, ¡qué puedo hacerlo!, me presenta, lleno de colores, el desafío de la vocación y del Reino.

Y me doy cuenta de la mucha falta que, algo así, nos hacía en la Iglesia: eso que nos aunara en la diversidad, que nos hiciera darnos cuenta de que, a pesar de las diferencias, en lo fundamental somos comunión; que reavivara las esperanzas; que nos hiciese a todos  sentirnos y sabernos reconocidos; que evidenciara la sorpresa que siempre es Dios y que esto no es sólo cosa de seres humanos; que rescatara esa convicción de que el futuro merece la pena y nos ayudara, a dejarnos de tanta tontería, para tener muy presente, siempre y ante todo, que es posible el Evangelio.

jueves, 14 de marzo de 2013

13 de marzo. LLORAR DE ESPERANZA


Llevo todo el día, en medio de las ocupaciones cotidianas, pendiente de la chimenea;  consciente de que hoy podía ser un día histórico;  aferrado a un sueño; orando insistentemente por esta Iglesia que somos….

Cuando llegaba la hora de la fumata, me conectaba con el Vaticano y, con el corazón atento e inquieto, esperaba … ¡anda una gaviota!

Cuando por fin ha comenzado a salir por ese tubo   la señal de que ya se había producido la elección, resulta que era la hora de bajar a abrir la Iglesia. Hoy celebrábamos el funeral por una chica que marchaba a la casa del Padre con treinta y ocho años y, aunque no se elige a un papa todos los días, lo primero es lo primero. Así es como debe ser y como yo quería que fuese.

El viudo de esta amiga ha preparado una ceremonia preciosa, repleta de resurrección, confianza y gratitud; así que, desde el momento en que nos hemos encontrado, me he olvidado del pequeño sacrificio que suponía no poder asistir en directo a la presentación del nuevo Papa. He vivido intensamente la  ceremonia con esa familia, con la que otras veces había compartido la risa y la alegría, y hoy también he llorado con ellos. Se me han saltado las lágrimas ante ese ejemplo de fe y de auténtico amor que estaba presenciando, por esa tremenda lección que me estaban regalando… este es uno de los textos que han leído y que representaba muy bien lo que estábamos viviendo:

Sólo estoy descansando en otra habitación.

Todo está igual que antes.

La calidad vida que hemos vivido juntos, sigue intacta, inalterable.

Todo lo que hemos sido el uno para el otro todavía lo somos.

Llámame como solías llamarme.

Habla de mí de la misma manera que siempre lo has hecho.

No pongas tristeza en tu tono.

Ríe como siempre te has reído de las pequeñas bromas con las que nos hemos divertido juntos.

Juega, sonríe, baila, piensa en mí, reza por mí.

Haz que mi nombre siga siendo lo que siempre ha sido.

Deja que sea nombrada sin dolor.

La vida sigue siendo la de siempre, la misma de siempre.

Una continuidad sin interrupción.

Que no me veas no significa que no esté.

Estoy muy cerca, esperándote por algún tiempo detrás de la esquina.

Todo está bien. Nada se ha roto, nada se ha perdido.

Sólo un instante y todo volverá a ser como antes.

¡Cómo nos reiremos de esta despedida cuando nos volvamos a encontrar!

Cuando todo ha terminado, he subido a mi habitación y me he  informado sobre lo que había pasado Roma:

Un Papa que comparte nombre con Nuestro Padre San Francisco, hermano de la Pobreza, al que Dios pidió que reconstruyera su Iglesia; que ha elegido un nombre nuevo como signo, quizás, de un nuevo principio; que posee la perspectiva universal de la vida religiosa; que sabe lo que es el carisma profético de los consagrados; que ha adquirido una buena formación como jesuita que es; que procede de Argentina y rompe al fin con el eurocentrismo; que sale al balcón rezando y rebosando sencillez; que se presenta simplemente como obispo de Roma; que pide la bendición del pueblo…

He vuelto a rezar por nuestro hermano Francisco y he vuelto a llorar al verlo… Porque, después de todo lo vivido hoy, nadie puede negarme que es posible llorar de esperanza e ilusión.

martes, 12 de marzo de 2013

12 de marzo. CÓNCLAVE


Hoy quiero soñar, porque sí; porque me apetece; porque lo necesito; porque es un día apropiado para eso….no me importa que me llamen iluso o ingenuo, quiero soñar.

Y sueño con un puñado de hombres buenos, juntos, en una de las habitaciones más hermosas de la tierra. Una sala que llena de arte y humanidad pero llena, ante todo, de Dios. La pienso con sus ventanas abiertas de par en par; iluminada con la luz del Sol que entra a raudales; ambientada por la música de los pájaros; fresca por la brisa del Espíritu.

En el centro de todo, un libro y nada más; uno muy antiguo y usado pero preñado de sorpresa y novedad, que habla de los pequeños, de la Vida y del Amor, de mil regalos preciosos, de misericordia, servicio y humanidad. Fuera se quedaron las máquinas de fotos, las carteras y los carnets; no porque nadie se los haya llevado, sino porque se olvidaron hace mucho tiempo en algún lugar perdido. Ahora, entre esos hombres, sólo el libro de los hermanos, la Palabra del Señor.
 


Voy a soñar que, entonces,  la Escritura devora todos los miedos, las desconfianzas y los resentimientos y en el rostro de esos hombres; marcado por el tiempo, la experiencia y toda una vida entregada; se dibuja una sonrisa joven y sencilla, ilusionada, fiel  y contagiosa.

Esta noche pensaré que, entre nubes blancas que parecen recién bajadas del cielo, todas las puertas  se abren de par en par y esos hombres ofrecen un regalo al mundo, de parte de todas las personas de buena voluntad, de parte de Dios. Para esta tierra nuestra que aún sufre tantas heridas, para todos los que extraviaron la esperanza, los que se tuvieron que esconder de la persecución, los que pasan hambre de cualquier tipo, los amordazados,  los que lloran las cadenas que sus hermanos les han impuesto… un regalo enamorado de humanidad.

Y comienza a extenderse por todos los pueblos, aldeas y ciudades de la Tierra un clamor ensordecedor; en todas las calles, desde cada ventana se oyen canciones y gritos de alegría… son las voces calladas tantos  hombres y mujeres que nunca fueron escuchados: lo que tanto deseábamos, ¡ha llegado aquello que tanto tiempo venimos esperando!

Cuando la injusticia, los fundamentalismos, las crisis y el insomnio nos rodeaban por todas partes, se nos ha mostrado el sendero de la esperanza, que lo nuevo puede ser, que Dios nunca desatiende el clamor de su pueblo…. Se ha hecho vida en nuestra vida, la Palabra.

Eso es lo que esta noche quiero soñar, si te gusta este sueño hazlo tuyo, por favor; rézalo y no esperes a n que otros lo comiencen: empieza tú a vivirlo ahora.

lunes, 11 de marzo de 2013

11 de marzo. AUMENTA MI FE


Esta tarde, reflexionaba en voz alta durante la predicación de la eucaristía, acerca de la confianza en Dios, en la necesidad que tenemos de aumentarla y purificarla para poder ser felices.

Después, comentando el tema con algunos feligreses, uno me preguntaba “¿pero eso de aumentar la fe? ¿Cómo se hace?”

Al principio me he quedado muy parado, porque no soy ningún experto en el asunto, ni nadie como para dar lecciones… aunque es verdad que uno –como tantos creyentes- ha tomado algunas opciones importantes de fe, sigo siendo sólo un aprendiz en esto de hacer vida el Evangelio.

Así que la primera respuesta que se me ha venido a los labios era bastante obvia: “pues rezando, pidiéndole a Dios que acreciente nuestra confianza en Él” He adornado la contestación recordando que la fe es un don; un regalo que se nos hace a todos y que cada cual acoge o no según sus circunstancias, posibilidades y voluntad.

Es una buena respuesta, claro, de libro… pero enseguida me he dado cuenta, por la mirada de mi interlocutor, de que no era suficiente. Seguramente eso ya lo sabía él, como cualquier creyente medianamente formado en el asunto, probablemente no era eso lo que me estaba planteando. En realidad, la contestación ni siquiera me satisfacía a mí, que me gusta hablar de Dios desde lo cotidiano, asequible y concreto.

Así que he seguido pensando en voz alta, pero claro, la oración también compromete al orante: “A Dios rezando y con el mazo dando”… la cuestión que me presentas es ¿cómo podemos ejercer nuestra libertad para hacer posible que el Señor multiplique nuestra fe?

Pues supongo que desde lo humano, de la misma manera en que todos aprendemos a confiar en otra persona, sencillamente ¡confiando!

Cuando un padre tiene que empezar a dejar que su hijo adolescente empiece a salir por las noches, no sabe si hará alguna tontería o le dará un buen susto; cuando comienza a brotar la amistad o el amor entre dos personas y llega el momento de abrir el corazón, de mostrar la propia intimidad, tampoco tenemos ninguna seguridad de que nos sepan acoger, respetar y cuidar en esa vulnerabilidad… hay montones de situaciones en la vida en que hay que arriesgarse, apostar por la confianza, y así lo hacemos. Después, poco a poco, en la medida en que aquél en el que hemos creído no nos defrauda, vamos profundizando y creciendo en esa relación de fe… pues lo mismo es con Dios, con la única diferencia de que Él no nos fallará jamás.

Si queremos alimentar nuestra relación con el Señor, es cuestión de identificar los bastones que llevamos; las falsas apoyaturas en las que ponemos nuestra seguridad y que son las que no nos dejan fiarnos por completo de Él. Podemos empezar despacito, soltar una de esas muletas, aunque sea una pequeña, para comprobar que Dios está ahí sosteniéndonos… después otra y así, poco a poco podremos ir preparando el terreno para que el Padre pueda hacer realidad en  nuestra vida aquello que le hemos pedido en la oración.
 

10 de marzo. TU HERMANO ESTABA MUERTO


Todos conocemos de sobra la mal llamada parábola del hijo pródigo, que debería denominarse de forma más acertada como la del “Padre bueno”.

Se han escrito infinidad de reflexiones sobre el hijo menor; hemos orado en multitud de ocasiones sobre su error y su vuelta a  casa; nos hemos identificado con ese pobre que, arrepentido es misericordiosamente acogido por Dios… pero no hemos profundizado tanto, probablemente porque eso ya nos interesa menos, en la actitud que propicia la parábola: la del hermano mayor.

Me parece muy necesario que nos detengamos en ello, no sea que caigamos en una religión farisaica; que aparentemente estemos cumpliendo con todo lo que manda la Santa madre Iglesia, pero luego, en el fondo nos falle el amor.

El hermano mayor no ha permanecido junto a su padre por amor, ni siquiera tiene la suficiente confianza con él pero, eso sí, se cree capaz de enmendarle la plana, no reconoce al que vuelve como hermano y  se atreve a recriminar la compasión con la que este es restituido.

En el ejercicio del ministerio me he encontrado ya con muchas personas que viven la fe de una forma que se convierte en obstáculo para los otros… unas creencias que convierten en tragedia lo que, para la mayoría de la gente es una alegría; que llenan de suciedad e impureza lo que es bello; que separan a los que aman de forma distinta o condenan a la soledad eterna a los que  alguna vez se equivocaron… y nadie quiere a un Dios así, no puede encontrarse luz en ese tipo de fe. Personas que, sin darse cuenta, e incluso con la mejor de las voluntades, hacen de hermanos mayores que no facilitan el regreso de su hermano.

No digo que todo valga, por supuesto; tampoco olvido la corresponsabilidad de unos con otros ni la corrección fraterna. Todo eso es necesario, pero sólo si está regido por el amor y la acogida que siempre nos mostró Jesús.
 


Es necesario que nuestra fe abra las puertas a los hermanos, les muestre la posibilidad de acercarse a Dios… si no somos capaces de construir una Iglesia que refleje misericordia, comprensión, cercanía, acogida… que muestre el verdadero rostro del Señor, todo lo demás que podamos hacer resultará inútil: para nosotros y para la humanidad a cuyo servicio queremos estar.

viernes, 8 de marzo de 2013

8 de marzo. EL MORIR SE ACABA


 

Hoy hemos celebrado el funeral de una hermana dominica, pertenecía a la fraternidad laical de la parroquia y fue una mujer excepcional. Nos reuníamos en la Iglesia sus hermanos en la Orden y muchas de las personas que la quieren; lo hemos hecho en un ambiente de confianza y gratitud: confianza porque sabemos que ya disfruta de la vida verdadera y gratitud por todo lo que ella nos enseñó con su ejemplo de lucha, generosidad, fe y compromiso; reconocimiento a lo mucho que nos dio, con el amor que derrochó a su paso por esta tierra.

Entre los dominicos y las dominicas, el reunirnos ante la muerte; el presentar juntos a Dios  la vida de los hermanos, es una tradición que hunde sus raíces en los orígenes de la Orden. Es el adiós en comunidad, pero una despedida que no es para siempre, es un ¡hasta pronto! Por eso es emocionada, llena de sentimiento, pero también de alegría y esperanza.

Mientras caminamos por esta tierra somos portadores, como Nuestro Padre Domingo, de la luz del Evangelio: pequeñas estrellas que iluminan el firmamento de la Iglesia y la humanidad. Dicen los astrólogos que muchas de las estrellas cuyo brillo contemplamos en el cielo, ya no existen, aunque su luz nos llegue en el momento actual. La luminosidad del amor, la caridad que sembramos en esta tierra, nos trasciende, va mucho más allá de nosotros mismos; nos hace eternos. En esa luz estamos todos unidos, en comunión, los creyentes de hoy, los de ayer  e incluso los del mañana.
 


Por eso los dominicos, todos los días, rezamos por los hermanos, parientes y amigos que fueron a la casa del Padre antes que nosotros: por ellos y con ellos.

Desde esa esperanza, con esa convicción, desde esa preciosa perspectiva,  podemos todos vivir, morir y despedirnos.

jueves, 7 de marzo de 2013

7 de marzo. AYU-DAR


Parece que ya se va marchando el dolor de espalda…imagino que, los que somos altos, tenemos ahí el tendón de Aquiles. Llevo dos días en los que he tirado de todo lo imaginable: pomadas, calor, anti-inflamatorios, masajes… y parece que la cosa está dando resultado.

Hace nada, mientras estaba con las cervicales agarrotadas y con la cabeza que parecía a punto de reventar, todo se veía distinto…no tenía ganas de nada y cualquier cosa se me hacía un mundo, me movía arrastrando el cuerpo y el día se me convirtió en una pesada carga con la que me parecía que no iba a poder.

Muchas veces en la vida; cuando nos visitan los dolores, los problemas o los miedos; nos pasa lo mismo. Percibimos las cosas negativas como extraordinarias y dejamos que los sentimientos que nos producen acaparen toda nuestra visión y pensamiento. En cambio, nos encontramos incapaces de advertir y disfrutar lo bueno que permanentemente nos rodea; lo positivo es como si fuese lo normal, lo que nos corresponde por derecho.

En los peores casos, nos resignamos a las “jaquecas” de la existencia y nos regodeamos en nuestra propia realidad sufriente, embarcándonos en un círculo vicioso que no puede tener un buen final.

Es necesario no caer en eso. Igual que, cuando nos duele el cuerpo, tomamos medicinas o buscamos remedios; del mismo modo en que, cuando eso no es suficiente, vamos al médico; podemos ser capaces de encontrar curas cuando lo que padecemos es un revés de la vida.
 
 
 

Nuestro Dios, que no deja nunca de mimarnos a cada uno de nosotros, está especialmente atento cuando nos vemos así; siempre pone cerca de nosotros algo o a alguien que nos puede calmar y sanar. Basta con ser capaz de mirar para encontrar; con tener la humildad de pedir ayuda y recibirla…

Porque “no es bueno que el hombre esté sólo”, nos hacemos falta unos a otros… ¿por qué empeñarnos en solucionarlo todo sin ayuda de nadie?

martes, 5 de marzo de 2013

5 de marzo. EL PIE IZQUIERDO


Hoy, 5 de marzo, era la fecha en que tenía pensado comenzar un viaje que me ilusionaba mucho: eran unos días que pasaría fuera para trabajar en mi tesis y también para descansar, rezar y encontrarme conmigo mismo… pero el proyecto se chafó por causas inevitables y aquí sigo.

No sé si habrá sido casualidad o sugestión, pero por si mis planes arruinados fuesen poco, me he levantado con un dolor tremendo de espalda y la cabeza que me iba a reventar; aun así me he puesto en marcha… el día estaba feo y llovía a mares, después se me torcían un par de asuntos que tenía pendientes... Era uno de esos días en los que uno no debería estar donde está y en los que parece que todo está en tu contra.

Supongo que ahora muchos de los que me leen estarán pensando: “pero seguro que ahora cuenta que  luego le ha pasado algo que haya salvado y dado sentido a la jornada”…

Pues no, esta vez, no. Aunque por supuesto, no todo ha resultado malo y también he vivido cosas agradables, ahora mismo –cuando este martes va llegando a su fin- continuo con el malestar físico, que se ha ido agravando con las horas, y con la misma sensación de desagrado en el corazón. 

Y es que hay días así, flojillos, ya sea porque no responden a las expectativas que teníamos o porque, verdaderamente muchas cosas salen mal… y tenemos que asumirlo, que muchas veces nada es como nos gustaría o esperábamos.

Pero, a pesar de todo;  ahí sigue estando, dentro de mí; una perenne sensación de gratitud: por estar vivo, por las personas a las que quiero, por mi vocación, porque sé que – aunque hoy no se vea- tras las nubes y la lluvia continua brillando el Sol… Y me voy a dormir contento por todo lo vivido, convencido de que mañana será otro día; un nuevo regalo en el  que, quizás, descubra que mucho de lo que hoy me pareció desafortunado, fue en realidad una bendición.
 

4 de marzo. CANCIÓN

 
Mi hermano, el párroco, es un hombre dotado de muchas virtudes. Una de ellas es lo atento que es, la forma en la que se ocupa y mima cada detalle de lo que hace y en las relaciones con las personas que quiere.
Será porque yo soy tan desastre con todo que me admira mucho esa cualidad suya.
El caso es que, una de esas atenciones que acostumbra a tener, consiste en que cada domingo confecciona una hojita para la parroquia. En ella, además de las lecturas correspondientes y el debido comentario a las mismas, recoge varios poemas que hagan alusión a esa Palabra.
Normalmente vuelan, claro, pero hoy me he encontrado una en un banco. Mientras esperaba a que los fieles se marcharan para cerrar la Iglesia, la he leído y rezado.
Me ha llenado particularmente  esta “canción” que es lo que esta noche quisiera compartir con vosotros. ¡Espero que os guste!

 
 
Canción ( De Emilio Prados)

No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene:
lo que está roto es el vaso
y, el agua, al suelo se vierte.

No es lo que está roto, no
la luz que sujeta al día:
lo que está roto es el tiempo
y en la sombra se desliza.

No es lo que está roto, no
la sangre que te levanta:
lo que está roto es tu cuerpo
y en el sueño te derramas.

No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento:
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.

No es lo que está roto Dios,
ni el campo que Él ha creado:
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios en su campo.

lunes, 4 de marzo de 2013

3 de marzo. LO QUE A LA VERDAD ESCONDE


La parábola de la higuera que hoy nos presentaba el Evangelio, sigue siendo, tantos siglos después, muy gráfica y sugerente. Ese árbol frutal, esbelto, voluminoso e imponente pero que no da frutos me despierta infinidad de reflexiones: sobre nuestra forma de vivir la religión, la Iglesia y sobre nosotros mismos… habla de todo aquello que  parece, pero no es…

 


Y hoy mismo, veía una entrevista en la que alguien no dejaba de ofrecer justificaciones, buenas intenciones y propósitos sobre su vida; sólo palabras que el tiempo ha demostrado que eran precisamente eso, palabrería y ya está; muchas hojas que ocupan espacio y que intentan esconder la verdad.

Todos tenemos esos follajes, unos más y otros menos, para intentar disimular una realidad que no nos gusta, que no queremos aceptar… y nos agarramos a ellos, y nos empeñamos en alimentarlos olvidándonos de lo que realmente vale la pena: los frutos de amor de cada día.

Esa  frondosidad de mentira puede ser la nostalgia de otros tiempos que engañosamente se recuerdan como mejores; otras veces adoptan la forma de una fingida realización superficial de lo que soñamos y queremos; también puede ser una supuesta indiferencia frente a lo que nos duele o amamos; un querer ser quienes no somos ni podemos ser… existe una tremenda variedad de hojas que nos sirven sólo para dar sombra, para que no pase la luz y no tener que afrontar nuestra verdad.

Llegamos a creernos que esa espesa capa de hojarasca es lo que importa y podemos, incluso llegar a tirar nuestra vida por la borda; precipitarnos al vacío engañados por esa equivocada convicción.

Pero la parábola termina con una nueva oportunidad, la que siempre nos regala el Señor; un Dios que no se cansa de esperar nuestros mejores frutos.

Siempre es el mejor momento para darnos cuenta de lo bello que es mucho de lo que tenemos; de esforzarnos por hacerlo crecer, en lugar de ahogarlo; de poner amor en todo lo que hacemos; de permitir que ese amor se desarrolle dentro y fuera de nosotros.

A las hojas, tarde o temprano les llega el otoño; acaban cayendo y dejando al descubierto lo que quisimos esconder. Son esos frutos, esa entrega amorosa e incondicional, la que en realidad puede transformar eso que no nos gusta… dentro y fuera de nosotros.

domingo, 3 de marzo de 2013

2 de marzo PERFECTO


Crecí pensando que los curas eran semidioses, seres perfectos, sin ningún defecto; aún hoy es fácil encontrar que te presentan ese modelo de sacerdote: hombres incombustibles que no dudan jamás, que no sufren crisis, que siempre están contentos, que nunca fallan y tiene todas las respuestas… así son los buenos, al menos.

Pero yo, y es más evidente de lo que me gustaría, aunque trato de ser fiel, no soy así: me canso y me agobia el exceso de trabajo a veces; en ocasiones me parece que no puedo más, que es demasiado el peso de tantas cruces que los hermanos me presentan; hay días que me asaltan dudas y desánimos; me hago, como cualquiera, preguntas y, cuando toca, también debo atravesar áridos desiertos…

Esa realidad solía preocuparme, consideraba que eran señales que reflejaban  el mucho camino que me faltaba por recorrer para ser un buen religioso  y presbítero. He llegado a negarme a mí mismo esas situaciones, no queriendo aceptar mi oscuridad,  una etapa crítica o de debilidad que me acompaña.

Pero hace poco, una persona vino a mi… me hablaba de cómo se sentía; de su sensación de inutilidad y sus fracasos. En cuanto empezó a hablarme, enseguida identifiqué esas emociones, ¡yo también las había vivido! Desde ahí pude acoger mucho mejor lo que me estaban diciendo, ¡sabía lo que era!

Eso me hizo pensar en que la perfección, al menos en cristiano, no es esa ausencia de faltas o flaquezas que siempre había creído; eso no sería humano. Que, a lo mejor, consiste en todo lo contrario… en dejar que las tormentas de la vida te empapen el alma; en haber hundido tus bruces en los hoyos del sendero; en reconocer cada herida, cada hielo y cada clavo… en haber pasado por todo eso y continuar adelante, aferrado a la brújula del amor buscando las sendas de la Verdad  y de lo humano…

Que la cuestión no está en convertirse en algo sobrehumano, que está por encima de las debilidades de todos los días, sino que es al revés, que se trata de permanecer, a pesar de todo, en fidelidad y perseverancia. Hacerlo de la mano de cada hombre y mujer, compartiendo todas las dificultades y carencias con ellos; mostrando a todos, desde la realidad de tu propia debilidad, que siempre se puede salir del túnel más oscuro; que la esperanza no se apaga; que venceremos, sea lo que sea lo que nos ahoga el corazón… que Dios está, incondicionalmente, aquí.

jueves, 28 de febrero de 2013

28 de febrero. LAZARO Y EPULÓN


Sigo dándole vueltas al asunto de la sencillez. A mi edad, uno se empieza a dar cuenta de que la vida va pasando y de que muchas de las cosas que esperaba conseguir no han llegado; que va siendo hora de ir a por ellas, si de verdad las quieres…

El problema es depurar tus sueños  y averiguar qué es  lo que verdaderamente deseas. Ninguno de nosotros, y tampoco los religiosos, estamos libres de las tentaciones del consumo y el aparente éxito social que nuestra sociedad nos presenta, y esas tentaciones pueden colarse, sin que nos demos cuenta, en los sueños que acariciamos… y uno “quiere querer lo que Dios quiere”, sí, pero…

Estoy plenamente convencido de que en la voluntad de Dios está el camino: en el servicio, en la pequeñez, en dar la vida, en los olvidados. Del mismo modo, sé que eso supone que uno mismo acabe siendo igual de arrinconado e insignificante…
 


En esta vida hay unos pocos que triunfan, que son reconocidos y considerados; y una inmensa mayoría que trabaja, sufre  y vive en silencio, que nunca serán nada a los ojos del mundo. 

Mi lucha interior va por ahí últimamente, quiero estar del lado de los segundos, me esfuerzo por hacerlo, pero trato de que mi opción sea profunda y convencida… sin envidiar a los primeros, ni añorar los aplausos que no recibiré. Ciertamente, es un posicionamiento que se puede realizar desde infinidad de carismas diferentes, que no todos estamos llamados a hacerlo del mismo modo; pero no quiero que eso sea una excusa que justifique una existencia que, en el fondo, esté muy lejos de las víctimas de nuestra historia.


Y ¿cómo hacerlo? Pues ahí tengo el Evangelio, el modo en el que lo hizo Jesús: mirándome a mí mismo y a mi propia vida desde los ojos de Dios; dejando que sea, sólo Él, el que me reconozca; buscando afirmación desde su experiencia, por dentro y no por fuera.

En principio lo sé todo, tengo las respuestas que necesito; la Escritura nos lo dice muy clarito… pero no termina de entrarme en la cabeza ni en el corazón. Seguramente no soy el único, otro gallo cantaría si las gentes de Iglesia estuviésemos plenamente convencidos de ello; si sólo pusiéramos nuestra confianza y seguridad en Dios; si todo nuestro afán fuese ser pequeño con los pequeños.

Pero bueno, ¡para eso está la cuaresma! Para recordarnos que no podemos dejar de pelearnos con nuestros miedos, egoísmos, inseguridades y suficiencias; y una cosa está clara, puede que no sea conquista de un día pero,  mientras nos continuemos esforzando, iremos ganándonos pequeñas batallas; seguimos manteniendo abierta la puerta de la esperanza; la certeza de que algún día, Dios nos ganará por completo.

27 de febrero. PARROQUIA DE SAN JACINTO


Hoy he vivido una de las experiencias más bonitas que la parroquia me ha regalado en todos los años que llevo aquí, compartiendo camino.

Muchos miembros de los diferentes grupos de la parroquia nos reuníamos para celebrar la misa y la mesa después; lo hacíamos en un ambiente informal pero completamente cargado de sinceridad, como la familia que verdaderamente somos.

Hoy reflexionábamos juntos sobre el Evangelio de la sal y la luz y la invitación que Jesús nos hace de dar sabor e iluminar al mundo… mientras escuchaba cada aportación, yo pensaba que la sal y la luz no suelen llamar la atención, que cumplen con su función muy discretamente. No te das cuenta de que faltan hasta que empiezas a no ver bien, o cuando te ingresan en el hospital y tienes que comértelo todo soso… Así es mi parroquia, así es esta preciosa fraternidad de hombres y mujeres de fe: llena de vitalidad y de la alegría del Evangelio.

Puede que muchos de ellos ni lo sepan, que no lo vean con la claridad con la que yo lo he experimentado yo estando a su lado. Yo soy uno de los últimos que se  incorporó a esta comunidad y, desde el principio, fui recibido con los brazos y el corazón abiertos de par de en par. Estas gentes, mis hermanos de Triana, han sido pacientes con mis carencias y limitaciones, se han volcado conmigo en los momentos de celebración y también para apoyarme en las dificultades; juntos nos hemos mantenido fieles a nuestra identidad y convicciones cuando nos han querido comprar o nos han azotado con mentiras y falsas acusaciones… con el amor, la lucha, el ejemplo y la alegría, que sólo pueden brotar de la fe, me han enseñado mis primeras lecciones en esto de ser sacerdote.

Seguramente, en todo el mundo, hay montones de creyentes que no son conscientes que no terminan de creerse eso de que son sal y luz… pero aun así, dan sabor a la existencia y rompen infinidad de oscuridades… porque cuando, en su aparente insignificancia,  se reúnen los granos de sal, ya nada es como antes, nada es insípido; y cuando se enciende una luz, por minúscula que sea, todo deja de ser de color negro.
 

miércoles, 27 de febrero de 2013

26 de febrero. PEQUEÑO


Estos días, las lecturas nos hablan de la sencillez, de hacernos pequeños; o al menos así lo estoy recibiendo yo, que ando en esa clave desde que el sábado, en el encuentro, las palabras de un hermano me iluminaban al respecto.

Hacerse pequeño es reconocer la propia debilidad, admitir -con la benevolencia con que lo hace Dios-  nuestras caídas y fracasos interiores… partir de nuestra verdadera identidad como criaturas.
 


Es demasiado habitual el error de negarse a aceptar esa parte de nosotros, tanto a nivel personal como de toda la Iglesia y, cuando hacemos eso nos apartamos de la realidad, la propia y la del otro; empezamos a construir mentiras a nuestro alrededor, falsedades orientadas a la galería que pretenden recabar el reconocimiento exterior: mostrar a todos lo buenos que somos, alardear de riqueza o virtudes,  grandes manifestaciones públicas que demuestren que somos muchos, que tenemos poder e influencia. Superficialidades que no conducen a nadie a la felicidad, que no resultan significativas para la humanidad y que, en el fondo, tienen mucho de miedo.

Para colmo, si nos ensimismamos en esa película que nos montamos a veces, podemos llegar a creérnosla de tal manera que nos sentimos en posición de juzgar e imponer a los hermanos lo que nosotros, desde nuestra elevada posición, creemos que necesitan.

Sólo reconciliándonos con nuestra miseria, siendo compasivos y misericordiosos con nosotros mismos, podemos descubrirnos al mismo nivel en el que está cada ser humano; entender su vida, su situación, sus motivos, su dolor; escuchar de su boca lo que necesita en realidad y poder ofrecerlo, ponernos al servicio.

Encontrar las señales que nos orienten por ese camino tiene que ser una de las principales ocupaciones del creyente, de la Iglesia entera, especialmente en este tiempo de cuaresma… por ahí, siendo Iglesia humilde y servidora, está la grandeza de verdad.

martes, 26 de febrero de 2013

25 de febrero. COLLADO...


 

He pasado el fin de semana en un encuentro del MJD (Movimiento Juvenil Dominicano); sólo han sido un par de días, objetivamente no es mucho tiempo, pero si ha sido grande e intenso lo vivido. Especialmente honda ha sido mi experiencia, porque después de dos años como coordinador nacional ya se acaba mi servicio y el fin de una etapa.

Durante toda mi vida religiosa, la pastoral con y junto a los jóvenes ha sido mi mayor prioridad; durante todo ese tiempo he visto cómo esas personas crecían, maduraban, optaban, vibraban con el evangelio, se enamoraban… y sobre todo no he podido evitar quererlos, quererlos mucho a todos. Son una parte esencial de mi vocación y mi vida. Pero estoy convencido de que ha llegado el momento de tomar distancia; es hora abrir nuevos caminos, para ellos y para mi propio seguimiento de cristo.

Cuando se ama a algo o a alguien, se corre la tentación de querer instalarte, apoderarte de aquello que no te pertenece, porque es de Dios, sólo suyo… y es necesario estar dispuesto a abrir las manos y ofrecerle lo vivido, lo trabajado, lo sufrido y disfrutado. El verdadero amor es aquel que sabe  liberar y desprenderse. Entregar es precisamente eso: despojarse, alejar y ver marchar… y confiar, desde la certeza de que Dios – del que todo lo has recibido- sabe lo que se hace y nunca dejara de  cuidar lo presentado.
 

Las mías son unas manos pequeñas y bastante torpes que hoy quieren ofrecer una pequeña flor; muy diminuta porque; aunque he querido mimarla, protegerla y regarla con todo mi ser; sé que no es mucho lo que he podido hacer y dar, al menos mucho menos de lo que yo hubiese querido; pero es una flor muy hermosa, porque tiene en su centro un corazón: uno abierto de par en par, que mis hermanos menores han sabido colmar de amor e ilusión.

Y tiene también una lágrima, pequeña porque la ofrenda se hace con alegría y gratitud, pero también es difícil la partida.

Una flor sencilla y querida que el Señor hará crecer fuerte y vigorosa; que mañana esparcirá sus semillas al soplo del Espíritu; que nos regalará a todos un bello perfume; que yo, orgulloso, espero poder respirar.