lunes, 31 de enero de 2011

30 de enero. PORQUE YO (no) LO VALGO

Esta tarde he compartido un rato de oración muy bonito con un grupillo que ha venido a rezar a la parroquia. Ha sido hermoso el cariño con el que todo se había preparado, la sinceridad con la que todos han compartido…pero ha habido un detalle que especialmente me ha llegado al corazón.

Había allí un niño, creo que tiene unos siete años, que ha participado de los diferentes tiempos como uno más, de los silencios, las plegarias y ¡hasta el momento de compartir!

Desde su ingenuidad no se ha parado a pensar en vergüenzas, ni en que era demasiado pequeño como para aportar nada interesante a los demás… ha hablado, ha dicho lo que sentía y pensaba y encima con la profundidad y el tino que únicamente los críos saben tener.

Esto, unido a la segunda lectura de la eucaristía de hoy, la de Pablo a los corintios, me ha traído a la mente otra de las cuestiones que, a menudo, las personas me presentan. Se trata del asunto de  la indignidad, el no sentirse dignos de Dios por culpa de los errores; o de aquél que dice no merecer el participar de la comunión.

Una sentimiento de indignidad que les lleva al distanciamiento, los paraliza  y que acaba constituyendo un círculo vicioso: como no me lo merezco, lo rechazo y al hacerlo que siento más indigno aún.

Es un tema que también está muy arraigado en la religiosidad de nuestros hermanos, que –de nuevo- hace sufrir a muchos y que a mí siempre me lleva a pensar, ¿es que se supone que hay alguien que sí se lo merece? ¿Alguno está a la altura del don que recibimos? ¿quién se ha ganado el que todo un Dios se entregue en una cruz?

Por muy santos que seamos, por mucho que practiquemos la caridad y la justicia… ¿podemos llegar a  pensar que estamos en condiciones de mirar a Dios cara a cara y pedirle algo que nos hayamos merecido o ganado?

Jeje… supongo que si lo hiciésemos y Él nos hiciese caso; nos diera lo que nos correspondía… ¡nos íbamos a enterar de lo que vale un peine!

Pablo nos decía hoy que Dios “ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.
Y así -como dice la Escritura- «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Pues claro que somos indignos, ¡TODOS!  Pero esa certeza no debe llevarnos a la ofuscación ni al dolor, todo lo contrario. El ser conscientes de nuestra condición debe conducirnos a la maravilla, al sobrecogimiento de recibir un amor tan grande, a acogerlo agradecidos  y disfrutarlo entero, sabiendo que es precisamente eso: Don y Gracia, nunca un pago o una recompensa por nada.

Esa es la gratitud con la que tenemos que relacionarnos siempre con Dios y no aquella que agradece un examen aprobado o que te toque la lotería; La del que recibe con toda humildad un amor que nos hace grandes, fuertes, felices, nos salva y que-desde luego- no nos merecemos.






































El niño de esta tarde, que además es mi tocayo, ha disfrutado así de la oración compartida y todos los “mayores” lo escuchábamos atentamente, con una sonrisa en la cara que era una mezcla de ternura, disfrute y admiración. Me gusta pensar que así también nos contempla Dios a nosotros cuando nos ve gozar de su Gracia y crecer con ella,  a pesar de toda nuestra limitación.

domingo, 30 de enero de 2011

29 de enero. BUSCANDO EN EL BAÚL...

He estado viendo un video en internet que me ha dejado un sentimiento contradictorio, es de esos en los que aparece una tendencia clara hacia lo medieval, que trata de recuperar formas pasadas.

Aunque creo que está presente en todos los ámbitos de la sociedad, es una corriente que cada vez es más fuerte en la Iglesia y, claro, también en la vida religiosa y que a mí me hace pensar…

Hace ya muchos años, antes de que yo fuese fraile, el maestro de la Orden advertía de la aparición de esa inquietud entre los más jóvenes y recomendaba a los veteranos comprensión y acogida a esas formas. Aunque reconozco que tiene su encanto el sentirse dentro del “nombre de la rosa”,  yo no soy así;  pero sí reconozco ese estilo a mí alrededor y trato de hacer lo que el general pedía; porque supongo que –aunque las formas son importantes-  , al final, son lo de menos; lo fundamental es lo que se vive, la honradez con la que uno se plantea su vocación, las ganas de entregarse y de trabajar; que nos dejemos la piel por lo humano, la justicia, la dignidad, la libertad y el amor.
















A pesar de todo tengo que reconocer que me preocupan y asustan un poco esos “nuevos” aires que se respiran. Imagino que me da miedo que la cosa se extienda tanto que no quede espacio para otro tipo de expresiones, en las que yo me encuentro más cómodo;  me preocupa que el resurgir de esos modos del pasado esté ocultando la carencia de otras cosas…

¿Cuantas veces recurrimos a lo externo para reafirmar lo que sentimos débil por dentro?, ¡como para creérnoslo nosotros mismos! Cuando estamos de verdad convencidos de quienes somos no nos hace tanta falta pregonarlo por fuera, sale solo ¿no?

Por otra parte, ¿es esa la respuesta que nuestros contemporáneos necesitan? No la que les ofrece más seguridad o romanticismo, sino ¿la que hace falta ofrecer hoy?

En el mundo actual, esos lenguajes neo-algo ¿presentan el Evangelio con toda su alegría y exigencia de forma comprensible?
Pensándolo bien, es posible que ni mi manera de verlo (más postconcilial) tampoco lo haga ya, que el mundo ha cambiado un montón en cincuenta años…

Quizás lo urgente sea buscar nuevas formas que se adapten y respondan de verdad a lo que se vive en el presente. Que no ofrezcan una burbujita de pseudomisticismo y bien estar; ni dejen al personal tranquilo porque se les dictan todas las opciones a tomar; que no nos uniforme, que tampoco sea el “todo vale”…

Es nuestra responsabilidad el encontrar modos de expresión de nuestra fe que se adecuen verdaderamente a lo que cada uno de nosotros vive y a la experiencia de toda la comunidad.

El conocer y dialogar con el mundo con el ser humano de ahora, para ofrecerle también de un modo significativo a Jesucristo.

Cada momento de la historia ha tenido sus inquietudes y expresión, el nuestro también lo tiene y es preciso que lo busquemos y encontremos, que lo hagamos juntos, en lugar de mirar con nostalgia al ayer (no me importa si es el de hace 200 o 50 años).

sábado, 29 de enero de 2011

28 de enero. TOMÁS

Volvemos a estar de fiesta, hoy celebramos al hermano Tomás de Aquino. Por esa razón nos hemos reunido de nuevo  en Familia Dominicana.

Siempre que se habla de Santo Tomás, se hace referencia al estudio, a sus obras y su legado intelectual; muchas veces presentamos una imagen deformada de él, como un señor que se pasó la vida encerrado entre libros y elaboraciones mentales. Si así fuese, no sería –al menos para los dominicos- un ejemplo a seguir.

El estudio es uno de nuestros pilares, junto a la comunidad, la oración, la misericordia…en ellos se asienta nuestra predicación. Pero no nos sirve cualquier clase de estudio; mal entendido, puede ser un arma de doble filo…que nos acabe alejando de la realidad del ser humano; que nos haga creer que sabemos más que los otros y por eso somos mejores o que nos lleve a caer en la “titulitis” que cantaba el genial Migueli; que tratemos de suplir con él nuestras necesidades afectivas…no sé…

Cuando comencé a descubrir mi vocación dominicana el estudio se me hacía algo antipático (supongo que como a casi toda la gente joven), parte del lote que había tenido la suerte de recibir, un mal necesario; así que –inconscientemente- traté de suavizarlo. Lo reducía al aprendizaje, la atención a todo lo que ocurre, el extraer enseñanzas de ello… pero el “empollar”, el sacrificio, el esfuerzo no me hacía tanta gracia.

Con el tiempo uno empieza a valorar lo que nos cuesta trabajo; el esfuerzo que se hace para poder darnos más y mejor; se va dando cuenta de la importancia del estudio y aprende además a disfrutarlo, a rezarlo a basarlo en las experiencias de toda la comunidad y a compartirlo con ella.

Yo he disfrutado mucho siempre que me he acercado a la Teología de Santo Tomás, pero igualmente admirable me resulta su vida, sus opciones. Supongo que sólo desde una relación de mucha intimidad con Dios y con el ser humano pueden parirse obras tan buenas, tan antiguas y tan actuales.

Me gusta especialmente mirar a Tomás como un hombre valiente, que supo ir más allá de los convencionalismos, de lo que se esperaba de él.

Que se abrió a la Palabra y se dejó empapar por ella para que sólo Dios guiara sus pasos; un hombre humilde que nunca se creyó en posesión de la Verdad sino en búsqueda de la misma. Un explorador que siempre se supo en camino, que convirtió su vida en esa aventura de explorar nuevos caminos y posibilidades. Y siempre junto a las personas, cerca de ellas, de sus interrogantes y necesidades.

A mis años sigo estudiando, no quiero dejar de hacerlo, ¡tampoco puedo! Cuanto más viejo me hago más inquietudes me despierta la grandeza de Dios, la realidad humana, la del mundo; aumenta mi necesidad de penetrar en la escritura; más preguntas se me agolpan en la cabeza; siento con más fuerza la urgencia de inventar, ser creativos, arriesgar… es evidente que no podré llegar nunca ni a la altura de la suela del zapato del Aquinate, pero espero que Dios me permita permanecer en búsqueda hasta el final de mis fuerzas, hasta el último de mis días y hacerlo como mi hermano Tomas: ¡con  dos narices!

viernes, 28 de enero de 2011

27 de enero. LA CULPA NO ES "DE DIOS"

Hoy el día lo he empezado con una de mis cada vez más famosas meteduras de pata.

Resulta que hoy tenía que decir unas palabras a unas religiosas muy queridas que estaban de retiro.  Como siempre voy fatal de tiempo, anoche me quedé hasta bien entrada la madrugada preparándome ese ratillo que íbamos a compartir; así que esta mañana –casi sin dormir- me marcho a su convento y encima rapidito para no retrasarme.

Al llegar a la puerta, una hermana me pregunta desde el portero automático “¿quién es?”; yo contesto muy propio “un padre dominico, vengo al retiro”… silencio…

Tras unos segundos me abren la puerta y la voz del telefonillo encuentra su rostro y me encuentro en la entrada con la religiosa de la portería que,  muy extrañada me pregunta… ¿y a qué retiro vienes?

Uno que no aprende a pesar de las muchas situaciones parecidas que ya he vivido piensa…”será que hay más de uno…” y le doy pelos y señales de todo.

La hermana que busca a otra, esta que llama por megafonía a la superiora… todo el convento revuelto  y yo, empezando a olerme lo peor y cada vez más cortado.

Al final aparece una que me conocía y muy apurada me dice…”¡pero padre! Si el retiro es la semana que viene…
Jejeje…nadie sabe la vergüenza que he pasado; cuando me marchaba me repetía a mí mismo, para atenuar el ridículo que sentía… “venga hombre, que todo el mundo se equivoca…”

Y así es, aunque el que acabo de contar no pasa de lo anecdótico, todos nos equivocamos, cometemos errores; a veces ni siquiera eso, simplemente creemos que los hemos realizado.

Lo malo es cuando toda la comprensión y benevolencia que podemos mostrar con las picias de otras personas se torna en dureza o intransigencia con nosotros mismos.

Desde que me ordené, me he encontrado con numerosas personas que, aunque hayan recibido el sacramento de la reconciliación y la correspondiente absolución, siguen sufriendo por lo que hicieron mal o dejaron de hacer. Muchas veces me he tenido que enfrentar a esa imagen farisaica del Dios que vigila y castiga…que hace que sus hijos e hijas paguen el precio de sus malos pasos.

Gentes que padecen por la culpa y hacen de toda su vida una penitencia perpetua, que no son capaces de creerse de verdad la misericordia y la Gracia de Dios porque, en el fondo, son ellos mismos los que no se perdonan.

Porque Dios no es así, no el Señor que restauró a Pedro, el de María Magdalena ni el de San Pablo… el padre bueno de la, mal llamada, parábola del hijo pródigo no es ese.


No es así el Dios que yo vivo y experimento. Y es curioso, pero casi siempre pesa más la religión aprendida y heredada que la Palabra de Dios. Puedes buscar muchos ejemplos en la escritura, presentar grandes evidencias de la misericordia divina que quizás se aceptan desde el entendimiento, pero que difícilmente penetran en un corazón que sangra  de remordimiento.

Corazones que Jesucristo nos mandó sanar y liberar de las cadenas… ¡puf! Y yo, oootra vez me descubro pequeño, inexperto e impotente. Me encomiendo al Señor “hazlo tú, esto te toca a ti…ilumina mis cortas luces” y busco en mi vida, en mis cicatrices, una medicina que pueda servir, algo que en su momento me ayudase a romper las ataduras de la “auto sentencia” y a perdonarme a mí mismo.

Y es gracioso, porque normalmente la curación está en el otro; en salir de uno mismo, acercarse al dolor de los demás, devolver algo del amor que una vez traicionaste… entonces, cuando dejamos de darnos golpes de pecho y nos entregamos, el hermano mayor de la parábola desaparece de nuestro interior y es cuando podemos descubrir el verdadero rostro del Padre; del Dios que nos esperaba con el corazón abierto y una sonrisa de comprensión. Que a pesar de todo, siempre nos ofrece toda la luz y el calor, la abundancia del amor, todas las flores del universo.

Es entonces cuando podemos fundirnos con Él en un abrazo inmenso que vuelve a convertir nuestra vida en aquella fiesta que nunca debió de dejar de ser.

jueves, 27 de enero de 2011

26 de enero. CINCO HERMANOS

Sigo liado con ese encargo que me tiene encerrado delante del ordenador desde hace días…no sé muy bien por qué pero se me ha hecho antipático y me está costando la vida terminarlo… no acaba de gustarme el resultado final y aquí estoy, sin parar de darle vueltas.

De todas maneras, cada vez disfruto más de las ocasiones en las que puedo  estar en casa. No sé si será la edad, que me hago mayor; pero lo cierto es que me encuentro tremendamente a gusto con mis frailes, en mi comunidad.

No se parecen en nada a las ilusiones que yo traía cuando llegué a la vida religiosa: una comunidad de jóvenes, con una liturgia modernita, todo el día juntos, contándonoslo todo, en misiones de frontera, abriendo caminos juntos… jejeje… Lo que vivo ahora no era lo que yo esperaba ni buscaba cuando vine, ¡es mejor!

Cada uno tenemos nuestras cosas, claro está; las diferentes edades nos marcan comportamientos distintos y eso, pero me siento muy querido por ellos y los quiero y cada día más. Siempre solemos decir una frase que me parece muy sintomática: “otra cosa no tendremos, pero cuanto nos reímos” y así es de verdad.

La complicidad, el conocerse, las bromas, lo que me enseñan, lo que me aguantan… es lo hermoso y lo grande de la fraternidad.

Esta tarde, por ejemplo, he compartido un momento muy bonito con uno de ellos que acababa de volver del entierro de su hermana, me contaba cómo lo ha vivido y lo que ha supuesto para él la experiencia… y supongo que desde fuera no parece nada extraño que nos queramos en un convento, pero a mí no deja de sorprenderme, me parece un regalo extraordinario lo que mis hermanos despiertan dentro de mí, el poder vivir en comunidad.

Comunidad desde lo humano, sin quimeras, sin romanticismos sentimentaloides… una comunidad de verdad: con sus carencias, sus dificultades, los malentendidos, sus lastres…pero con Dios en el centro. Hermanos por Cristo y en Cristo.

Una comunidad real que cada día me humaniza a mí también. Desde la experiencia y las manos cansadas de mis hermanos más mayores; el dinamismo de los de edad intermedia y las preguntas de los más jóvenes uno puede asumir su misión cada día y hacerlo, además, con alegría.

Porque este regalo, el compartir la vida con mis frailes, no es sólo para mí; no tendría sentido si lo redujera al “qué a gusto estoy”. El sentirme bien en casa me hace sentirme cada día mejor también con todo aquel que se cruza conmigo en la parroquia, en la calle o en un bar.

El aprender a disfrutar de esto está siendo para mí una de las lecciones más bonitas. No sé qué pasos daré el día de mañana, en qué proyectos me embarcaré, ni cómo se irá concretando mi vocación con el tiempo; pero ahora sí que estoy en disposición de hacerlo, sin que nada de eso tenga connotaciones de huida o insatisfacción de la mala. Mis cuatro hermanos son las manos con las que Dios me libera de mis propios planes y fantasías y me prepara para darme, para ponerme al servicio del Reino…¡¿cómo no quererlos?! ¡¿ cómo no dar las gracias desde lo más profundo del corazón?!


miércoles, 26 de enero de 2011

25 de enero. EL DISCURSO DEL REY

Llevo varios días rumiando el asunto de mis muchas carencias, de todos los aspectos en los que aún tengo que corregirme y mejorar en mi vida de fe; como cristiano y como religioso.

Algunas de esas escaseces mías son obvias y todo el mundo las conoce; otras me las hacen ver mis hermanos y algunas de esas vergüenzas sólo las conozco yo. Todas ellas escuecen, son espinitas que tengo clavadas en el corazón.

En el aspecto comunitario, cuando estamos todos en casa, parece como que los hermanos suplen tus faltas, las diluyen; pero cuando falta alguien – y es lo que ocurre estos días- muchas de ellas  se hacen aún más evidentes.

Aunque sé que me empobrecen a mí y a mis frailes, no vivo estas flaquezas con pena, por el contrario me hacen sentir la paciencia y la misericordia de la comunidad… pero la gratitud y el reconocimiento de mi fragilidad no suponen que me acomode a ellas y me resigne al “así soy”. Peleo contra ellas como sé y puedo,  son un desafío para el mañana.

Le doy mil vueltas a la cabeza buscando las razones que están en la raíz de las mismas y se me ocurren cientos de justificaciones inútiles… me intento concienciar, hacer propósitos, buscar herramientas que me ayuden… y, a veces me sale bien, y ese día me siento orgulloso, satisfecho de mí mismo… pero en la mayor parte de los casos me tropiezo una y otra vez con las mismas cosas, me caigo, y me caigo…

Ante cada tropiezo me aparece siempre la tentación de tirar la toalla, me frustro… “no hay nada que hacer, soy un desastre”, pienso que hay cosas que no voy a conseguir nunca, que son inasequibles para mí. 


Hoy, que casualmente hemos celebrado la Conversión de Pablo, he ido al cine (¡llevo un mesecito…!).  Me he acordado de la recomendación que el otro día hizo Olivia desde uno de sus preciosos comentarios y he ido a ver El discurso del rey. ¡Mano de santo!
Una vez más, como de casualidad, me he encontrado con todas las respuestas que buscaba al ver la peli.

Me acostaré convencido de la capacidad de superación del ser humano, de la mía propia; de la necesidad de pedir ayuda a Dios; de recibirla en el que confía en mí, en el amor, la amistad, la fraternidad; que es preciso ser valiente y decidido en la batalla, en el esfuerzo, en plantarle cara a las circunstancias de la vida.

Quiero crecer, quiero convertir todos esos aspectos de mi vida que lo necesitan, iluminar los rincones oscuros de mi ser. Sueño con ser más ordenado, constante, puntual, atento, sencillo… cuido la esperanza de ser mejor fraile y hermano. Por larga que sea la batalla, por mucho que me derribe a mí mismo, sé que mi Dios lo hará posible, me sanará si yo no dejo de luchar.


martes, 25 de enero de 2011

24 de enero. DOS SEÑORES

Hoy, en la reunión del grupo de jóvenes, han venido a hablarnos de la Banca Ética. La charla ha comenzado con una descripción de la realidad en cuanto a la economía, los bancos, sus manejos y funcionamientos. Nos lo han explicado a un nivel muy sencillo y gracias a eso me he enterado bastante de todo (menos mal, porque de estos temas tampoco tengo ni idea).

La verdad es que es impresionante como se nos manipula y engaña, en este tema y en tantos otros; cómo mantenemos un sistema en el que lo único que importa es el dinero, y ¡encima el de unos cuantos señores!. El resto, nos dejamos endeudar dócilmente, consintiendo en que otros lleguen a la miseria e incluso acaben muriendo de hambre.

Reconozco que lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido ese familiar sentimiento de impotencia; el pensar “bueno, déjalo… que vas a poder hacer tú, si no tienes un pavo y prácticamente no participas de esto”; la tentación de pasar página y pensar en lo cercano.

Pero luego, el ponente nos ha presentado algunos números de la encíclica CARITAS IN VERITATE que me han vuelto a afectar.

Lo cierto y verdad es que los cristianos en general vivimos una especie de esquizofrenia al respecto. Nos esforzamos por ser mejores, por amar más, por estar atentos a quienes nos necesitan, por servir al hermano…pero luego no nos preocupamos de saber cómo se están empleando nuestros ahorros e inversiones. No sabemos si benefician a los fabricantes de armas, o a empresas que arrasan con  nuestros hermanos de otros países; si los intereses que recibimos provienen de explotaciones o blanqueos… si nuestro dinero está fomentando la injusticia, la violencia y la degradación en otros seres humanos.
















Sé que el mundo en el que vivimos está montado así, que si nos ponemos a pensar en todas estas historias nos volvemos locos, que es frustrante…también soy consciente de que la mayoría de los creyentes bastante tiene con llegar a pagar la hipoteca o el cole de los niños a fin de mes… que es un tema muy delicado, pero la respuesta tampoco puede ser mirar para otro lado, fingir que no nos damos cuenta.

Por eso me parece tan esperanzador que haya un grupito de personas a nuestro alrededor que son capaces de proponer alternativas, de luchar para ponerlas en práctica; gentes e ideas que no suelen aparecer en la tele o el periódico, pero que existen y se esfuerzan; unos cuantos locos que desafían al todopoderoso mundo del mercado y la banca con sus débiles fuerzas; que hacen suyo el sueño de Dios para este mundo y trabajan para que el ser humano y no el dinero sea el único protagonista de nuestra historia.

(Por si alguien quiere saber algo más, estas son las ideas de las que nos han hablado:)


domingo, 23 de enero de 2011

23 de enero. PESCADORES DE HUMANIDAD

“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” esa es la invitación que, desde el evangelio de hoy, hace Jesús a Pedro, Andrés, Santiago, Juan… a ti y a mí.

Me suele ocurrir con frecuencia que, de tanto oír algunas palabras, me acostumbro a ellas, como si ya me las supiera de memoria; y entonces me pierdo  la riqueza profunda que esconden. Pero a veces, de repente, se me abren los oídos y las recibo como  completamente desconocidas, me doy cuenta del contenido que tienen.

Eso me ha pasado hoy con la llamada de Jesús. La he oído, estudiado, cantado, predicado mil veces, pero hoy no dejo de saborear su belleza y calado.

“Pescadores de hombres”. Los discípulos eran pescadores, Jesús no nos pide imposibles, ni nada diferente a lo que ya somos; lo que nos ofrece es trascender esa realidad, ir más allá, descubrir todas las posibilidades y grandeza que se esconde en nuestro interior y en la vida que llevamos; que nos plenifiquemos.

Un desarrollo que sólo Él puede darnos sólo si nosotros queremos y siempre en relación con el hermano, con el Hombre. Hoy esa llamada podría ser “os haré limpiadores de hombres; médicos de hombres; profesores de hombres, obreros… en definitiva te haré a ti mismo pero mucho más inmenso de lo que puedes pensar; iluminaré tu existencia y labores cotidianas para que descubras su dignidad, los tesoros que te ofrece; haré que te encuentres con tu hermano, con él y en él encontrarás tu propia verdad.





















El evangelio dice que los discípulos lo dejaron todo para aceptar la propuesta, ¡claro! ¿Y quién no? Si comprendemos la hondura de la oferta y confiamos en quien nos la presenta es muy difícil resistirse, supongo.

El problema está, por un lado en las premisas, claro: comprender y confiar. Por otra parte, también nos cuesta identificar las cosas que podemos dejar, de las que tenemos que liberarnos para decir que “sí”. Las dos caras de una misma
Misma moneda, el miedo; que nos impide confiar, abandonarnos, arriesgarnos a conocer; desprendernos… que nos lleva a conformarnos con mediocridades, con sucedáneos de vida y migajas de lo que auténticamente somos.

Únicamente el deseo de crecer y ser mejores, el que sólo el AMOR despierta en nosotros, es lo que nos puede ayudar a dar el paso. Amando y dejándonos amar, por Dios, por  el hermano; atreviéndonos a exponer el alma y el corazón a pesar de las heridas de ayer, “poner la otra mejilla”, ahí está nuestra fuerza y posibilidad.

Cada nuevo día, el Señor me dice que vaya con Él, que me hará “ilustrador de humanidad”, espero que mi respuesta sea cada vez un poco más sincera y decidida.

22de enero. EN EL MISMO BARCO

Esta tarde hemos celebrado con la fraternidad de dominicos seglares de la parroquia el “día de la suerte”. Es una tradición muy bonita en la que se sortean los compañeros de oración para el año que entra; la comunidad de frailes se reúne con la fraternidad y a cada uno de nosotros nos toca un hermano o hermana por el que rezar a lo largo de los próximos meses.

Hemos disfrutado un ratito sencillo pero muy a gusto, en familia.

En concreto, esta tarde pensaba en lo bonito que es tener un compañero de oración, a alguien que le habla a Dios de ti, de tus trabajos, tus esfuerzos, tus problemas; que le presenta aquello de lo que –a lo mejor- tú mismo no eres consciente.

Lo mismo digo por la otra parte, es decir, qué grande es que alguien confíe igualmente  en tu oración; que sabe que en este pequeño convento hay un fraile también pequeño que no se olvida  de ella en su oración.

Es algo precioso el saberse acompañado. Yo conocí la orden así, en familia y no la concibo de otra forma, así la vivo y así la quiero seguir disfrutando, junto a las monjas (¡qué grandes mujeres!), las hermanas y el laicado dominicano.

Todos ellos han sido y son protagonistas insustituibles de mi vocación, tengo con ellos una inmensa deuda de amor. Sé que no los cuido como debería, pero también percibo que no dejan de estar ahí, a mi lado. Con ellos rezo cada día, comparto una misma misión, me formo en la Palabra, estudio el mundo y lo que en él ocurre.


Precisamente porque creo firmemente en eso, he experimentado lo difícil que puede ser el estar juntos, intentar superar las diferencias, respetar la identidad de cada cual,  la búsqueda de entendimientos, el disfrutar de la riqueza de la diversidad… y se igualmente que el amor es la primera predicación, quizás la que más puede decir al ser humano de hoy; un anuncio que no necesita palabras, en el que no cabe el engaño… que se hace evidente cuando se contempla.

Esto me recuerda que estamos en pleno octavario de oración por la unidad de los cristianos.  Una unidad que no puede pasar por la uniformidad; que no consiste en que tú, el equivocado, vuelva conmigo que estoy en posesión completa de la verdad; una comunión que no consiste en que todos pensemos como el párroco, el obispo o el Papa… un vínculo que tiene que enraizarse por necesidad en el amor y que, precisamente por eso, es de doble dirección. Yo no puedo pedirte que estés unido a mí, si yo no estoy dispuesto a ofrecerte lo mismo.

Compartimos un mismo Padre- Madre; estamos enviados por el mismo Señor e impulsados por un mismo Espíritu, así que todo lo que no sea “familia” no tiene mucho que ver con el Evangelio.

Y no podemos esperar a que “alguien desde arriba” decida o lo haga por nosotros. Creo que nuestra búsqueda brota de la vida cotidiana, yo en mi Orden, en la Familia Dominicana; otros en las parroquias, movimientos, comunidades…

 Al menos para mí, la búsqueda de esa unidad (ya sea con otras iglesias o dentro de la nuestra) pasa por trabajarme la humildad, la escucha, el dialogo… y ¡qué poquito lo hacemos!, qué necesidad de espacios dedicados a eso tenemos.

Mi oración esta noche es esa, enséñanos Señor a comunicarnos, a conocernos y querernos cada día más; a ser verdadera familia, TU FAMILIA.

sábado, 22 de enero de 2011

21 de enero.FELICIDADES, CON PERDÓN.

Esta noche tengo los ojos como chupes, me he pasado casi todo el día delante del ordenador, acabando un cartel que me encargaron y que ya va con retraso.

Al ponerme a escribir, pensaba admitir que había sido un día un poco “seco”, de esos que te encierras a currar y ya está; de los que te dan la impresión que no ha pasado gran cosa; pero enseguida me he dado cuenta de que nada de eso… la misa de esta mañana, las conversaciones en la puerta con la gente; también he estado unas horas echándole una mano a mi amiga con el escáner; la comida con mi comunidad; he acompañado a la estación a un hermano que marchaba a despedirse de su hermana que ya está muy enferma; unas conversaciones fraternas por teléfono y el Skipe; he recibido un mensaje abrumadoramente bonito en Facebook…

¡De seco nada! ¡Si todo el día ha estado impregnado de buena gente! Esto me lleva a pensar que tengo que seguir aprendiendo a valorar más lo que Dios me ha dado. No tengo un pavo, ni soy nadie, pero mi vida está cuajada de rostros, de personas, ¡de felicidad!

Tengo una amiga, esa de la que algún día escribiré, que siempre se mete conmigo porque dice que no puedo ser tan rabiosamente feliz, que no se lo cree. En ese sentido, un hermano de comunidad comentaba durante la comida que, ayer en una charla a la que asistió, el conferenciante pedía disculpas por ser un hombre feliz en los tiempos que corren…

Y es verdad, quizás para mi sea muy sencillo ser feliz porque no tengo responsabilidades familiares, ni paro o hipotecas, ni graves problemas de salud (¡creo!)… es posible que mis elecciones, mis sacrificios, problemas y preocupaciones sean más llevaderos… puede ser que debiera darme pudor proclamar que me siento tan lleno, alegre y feliz.

Pero me acuerdo ahora de un fraile de Madrid que, en un encuentro del Movimiento Juvenil Dominicano al que fui cuando estaba en la formación, dijo algo que me impactó: que era precisamente eso, un hombre completamente feliz.

Por aquél entonces yo andaba completamente obcecado con las limitaciones y errores que veía en la Iglesia, en mi Orden, en el mundo; llorando todo el santo día porque en mi convento o en la Provincia las cosas no eran como yo creía que deberían ser. Aquella frase me descolocó por completo.

¿Cómo podía sentirse así tal y como estaba “el patio”? ¿Es que no veía todas las miserias de alrededor? Ese hermano no tiene un pelo de tonto ni ha sido nunca “corto de vista” precisamente, por el contrario. Hablo de un hombre con iniciativas, que se deja el pellejo por crear nuevos espacios, por abrir puertas, por los más insignificantes… En aquél momento no saqué muchas conclusiones, pero esa declaración me esperanzó y se me quedó dentro.

Ya han pasado varios años desde entonces, en este tiempo me he dado batacazos muy gordos, me he levantado y me la he vuelto a pegar; he tenido que tragarme mi orgullo y pedir ayuda desesperadamente, la he encontrado siempre; he conocido muchas realidades; he palpado las múltiples caras del dolor, me han visitado la confianza y la decepción…   he aprendido muchas lecciones, muchas más de las que me podía imaginar (¡quién me iba a decir a mí que era tan borrico!); y sé que  necesito seguir formándome, que aún me faltan mucho que descubrir. El caso es que, sin saber explicar muy bien cómo, resulta que ahora yo también soy un hombre muy, muy feliz.

Las situaciones, las vergüenzas, las sombras son las mismas que ayer… no han cambiado gran cosa, y las veo, las reconozco y sufro por ellas pero eso no es incompatible con mi felicidad. El error estaba en lo que yo pretendía alcanzar, una situación ideal, donde no hay nada que te duela, te preocupe o te dé miedo; eso, claro, es absurdo e imposible.

Mi felicidad es otra cosa, creo que reside en la misericordia de un Dios que me quiere con todas mis flaquezas y que me ofrece la posibilidad de embarrarme con las de los otros y también de adornarme con sus claridades. Algo que ha ido creciendo a la vez que esa confianza, con cada apuesta, en cada paso, en los aciertos y en las equivocaciones; que te va invadiendo conforme tú pones orden y le dejas espacio en tu vida. El día en que hice mis votos, profesé precisamente eso: Ser feliz y llevar a todos esa felicidad.


No. No puede darme vergüenza sentir y vivir mi propia vocación, la llamada a la felicidad, a la que estamos invitados todos los que, entre valles y montañas, queremos seguir al Señor Jesús.

Como aquél buen fraile de Madrid, tenemos que proclamar con sinceridad que existe una felicidad grande y profunda que es más fuerte que la crisis, la injusticia, la violencia… que nosotros somos felices, serlo junto a quien no sepa y alimentar la esperanza; ¿qué Evangelio anunciamos si no? ¿Cuál es la buena noticia? ¿Para qué una Iglesia? ¿Qué pintamos en un convento?

jueves, 20 de enero de 2011

20 de enero.DIME CON QUIEN ANDAS

Hay un chaval en el grupo de postcomunión que es genial, bueno, todos lo son cada uno a su manera; pero este es un personaje muy ingenioso y me harto de reír con él.

El año pasado fuimos un fin de semana de convivencia y ahora todo su afán es convencernos de que los llevemos otra vez. ¡Pero ahora me decía que teníamos que irnos una semana entera! Cuando le he contestado que tanto tiempo no podía ser, que él tenía que estudiar y yo trabajar, me ha preguntado muy serio… ¿pero los frailes trabajáis?

Je, je, ha estado simpático, pero lo cierto es que ese es uno de los “bulos” que corren por ahí sobre nosotros: frailes, curas, religiosas…
En la experiencia de cada día se nota que muchísima gente se cree que “no damos palo al agua”. En sus preguntas, en la sorpresa cuando descubren nuestras agendas, cuando pretenden que uno esté siempre en casa, esperando a que alguien venga a cualquier hora para lo que sea… en muchos detalles del día a día.

Y la verdad es que eso no es lo único, también se supone que somos anticuados, manipuladores, altivos, casposos, oscuros, pedigüeños, reprimidos, tristes…qué sé yo.

No gozamos de muy buena imagen, la verdad, hay que admitirlo. Reconozco que podemos tener parte de culpa y que gran parte de esa imagen también se ha propiciado por parte de la Iglesia, pero, a pesar de todo, este tipo de cosas me fastidian, porque además suelen venir de bocas que no conocen a muchos de nosotros. No me gusta la injusticia que sufrimos, porque asumiendo todos nuestros defectos, no dejamos de ser personas que quieren darse,  que están al servicio de los demás y muchas veces con muy poca colaboración.

Pero por otro lado, también es verdad que siempre me ha gustado que, según quien, tenga mala imagen de mí. Sinceramente, creo que es bueno ser oveja negra, especialmente para el poder y los intereses creados.

En estos años he tenido la gran suerte de encontrarme con muchas personas que, a pesar de su indudable valía y bondad, no reciben la valoración que se merecen… no se cuenta con ellos, no se les confían grandes responsabilidades, resultan incómodos y, a veces, hasta se les difama y “destierra”.

No sé muy bien por qué se ven en esa situación, quizás porque se atreven a decir lo que piensan; porque se creen lo que  piensan, o porque ponen a la persona por encima de las piedras y las ventajas personales; porque siempre son más libres… seguramente porque dan miedo o envidia.

Ellos han supuesto una inmensa riqueza en mi formación, me han iluminado en momentos difíciles, han sido ejemplo y ánimo para seguir adelante… así que supongo que, de alguna forma, yo también he acabado siendo un poco eso: “un borreguillo distinto”


Jesús también lo fue y por eso iban a por Él; nos dijo que nos preocupásemos si acabábamos siendo demasiado populares; se ocupó siempre y ante todo de esas ovejas negras…  

Y así ha sido siempre, los grandes pasos que la Iglesia ha ido dando casi siempre se debieron a hombres y mujeres “distintos”, cuatro gatos valientes y confiados en su Dios.

Tampoco digo que haya que hacer oídos sordos a las opiniones contrarias, por el contrario, creo que hay que saber recibirlas con humildad, pensarlas y rezarlas para distinguir la parte de razón que puedan tener. Gracias a ellas también se ha ido purificando con el tiempo nuestra fe y nuestra vida como creyentes.

Pero después… hay que ser y estar siempre junto a esas ovejas negras de la Iglesia, de la humanidad entera ¿Que se nos critica? ¿No gustamos a muchos? No hay por qué preocuparse demasiado, tampoco es raro si tenemos en cuenta que vivimos en esa pequeña porción de la Tierra en la que se acumulan el poder y la riqueza.


19 de enero. DIOS NOS REZA

Hay una persona que suele venir a hablar conmigo y me ha regalado el privilegio de ser testigo de una lucha titánica. La batalla por la propia dignidad, por el futuro, la libertad,… la batalla contra la droga.

Es consciente de las consecuencias de su adicción, del futuro hacia el que le empujan, del dolor que causa a quienes le quieren… no necesita que se lo repitan, ya lo sabe y lo padece.

Cuando viene a verme no busca la absolución, ni consejos piadosos, ni tan siquiera me pide dinero… sólo espera una cosa, que le hable de Dios y de su amor. Y entonces, en cada conversación, le recuerdo que no está solo, que Dios siempre permanece a su lado, que confía en él, que le sostiene en su pelea. Esa certeza le lleva a confiar también en si mismo, le hace capaz,  esa es la principal arma con la que cuenta en sus esfuerzos.

Después rezo por él, por el éxito de su lucha. No sé en qué acabará todo, pero es verdad que ya ha ganado metas importantes, que cada vez está más cerca del triunfo.

Tengo muy mala cabeza y nunca me acuerdo de donde he oído o leído las cosas, una de esos pensamientos, cuya fuente ingratamente he olvidado, se repite constantemente en mi corazón: lo importante no es que nosotros creamos en Dios; lo verdaderamente grande es que Dios cree en nosotros.

A pesar de nuestras repetidas traiciones y las numerosas debilidades, Dios sigue esperando, confiando, soñando incondicional y desinteresadamente con nosotros.

Le doy tantas vueltas porque sé que es algo esencial, todos necesitamos que alguien tenga fe en nosotros, a pesar de todo. Nos hace falta para levantarnos cada día, para trabajar, para reír, para crecer. De alguna forma esa es la necesidad más elemental de nuestro espíritu.

Por eso muchas veces renunciamos a nosotros mismos, ocultamos partes esenciales de lo que somos, fingimos, fallamos al amigo… Nos asusta ser la oveja negra, y hacemos lo indecible para blanquear nuestras lanas. También pasa que, casi sin darnos cuenta, buscamos que se nos reconozca por lo que tenemos, o por nuestro físico, por lo que podemos o sabemos. Todo mentira. Así sólo conseguimos reconocimiento para alguien que –desde luego- no es el yo.

Lo más importante que alguien nos puede decir es (como a Bridget Jones) que nos ama tal y como somos, que cree en nosotros sin condiciones; así que nos movemos incansablemente tratando de encontrar esas palabras, el “regalo más grande”.De esas búsquedas inútiles no estamos libres los creyentes (¡que se lo pregunten a San Agustín!).








Podemos tener la fortuna de conocer voces humanas que nos las digan, pero ya sabemos como somos, imperfectos. Junto a la felicidad que nos producen los labios que pronuncian lo que necesitamos oír, experimentamos el miedo: a que se termine la frase; al punto final. Expresiones que siempre irán acompañadas por unos puntos suspensivos que nos dejan insatisfechos.

Es preciso saber ir más allá para alcanzar el origen de todas esas palabras, la fuente inagotable, la única que nos llena de verdad y nos calma.

Así es Él y está muy cerca, repitiéndonos eternamente su declaración de amor. Sólo hay que saber escuchar.

miércoles, 19 de enero de 2011

18 de enero. LA SEÑORA

Antes de empezar la misa de esta tarde, he vivido un momento con el que he disfrutado especialmente. Una situación sin importancia, de esas de todos los días pero que hoy, no sé muy bien por qué, ha dibujado una sonrisa en mi alma.

Una de las señoras que habitualmente acuden a nuestra celebración, había estado un tiempo sin venir. Cuando ha llegado a la parroquia ha venido muy contenta hacia mí y me ha dado dos besos, me ha contado que había estado enferma y que tenía muchas ganas de poder volver con nosotros.

La alegría del reencuentro se ha prolongado después, mientras yo preparaba el altar, han ido llegando el resto de las personas que suelen compartir cada día la eucaristía. Todas, una a una, cuando descubrían la presencia de esta señora se acercaban a ella; se besaban; se interesaban por su salud y expresaban la satisfacción que sentían por volverse a ver.

Yo, desde el altar, los miraba sin dejar de sonreír y pensaba que era bonito ese cariño que nos tenemos.

La mayoría de nosotros, sólo se conoce de ese rato que disfrutamos juntos, en el que Dios nos invita a compartir la mesa. Hay gente de muchas clases distintas, muchos mayores pero también de edades intermedias y algún joven; Sé que algunos pertenecen a movimientos más conservadores, otros no; vienen algunas religiosas, también dominicos seglares; unos están bien situados económicamente y no faltan los que pasan necesidades; los que tienen una formación religiosa y los que viven una fe sencilla… en fin, que nos juntamos un grupo muy variadito. Sin embargo, es un gusto darse cuenta de que, poco a poco, nos vamos queriendo; que la familia que somos se va sedimentando en nuestras vidas.

La eucaristía es el sacramento del amor, por ello, en el centro del dibujo tenemos el pan y el vino sobre una mesa con forma de corazón. Esa mesa se mezcla con Cristo, los dos son una misma cosa: El Amor que se nos da; el que nos perdona todo y nos renueva; que es la fuerza del alimento y la alegría de la bebida; que nos salva. También el amor humano que ese AMOR nos hace vivir.


Alrededor de él se distribuyen los discípulos, hombres y mujeres distintos entre sí, cada uno bien definido y con colores y estampados propios, pero unidos en una sola figura, una comunidad cuyo nexo es Jesús.

Es en la comunidad donde la eucaristía cobra su máximo sentido. Siempre me han parecido tristes las celebraciones en las que nadie conoce al de al lado (aunque coincidan cada domingo); en las que cada uno se sienta lo más lejos posible de cualquiera y las señoras agarran el bolso cuando alguien se les acerca.
Creo que es una prioridad que nos atrevamos a mirar al lado, en el banco, ver quién está ahí, regalarle una sonrisa, saludar… Que nos creamos de verdad eso de la fraternidad y construyamos familia dentro de la Iglesia. La comunidad a la que sirvo parece haber conseguido dar ese paso y me gusta.

Pero también me pregunto, ¿qué pasará de puertas a fuera? Ahora puede aparecer el peligro de ser "burbujita", el peligro del qué bien estamos los unos con los otros y nada más ¿Nos sentimos verdaderamente enviados, crecen nuestras vidas en “el darse”?

“Haced esto en conmemoración mía”, nos pide el Señor y su petición no consiste en repetir un rito, en asistir a un acto sin más. Nuestro Dios nos invita a dar la vida entera, como Jesús, a darla por ese amor que celebramos.

Esta comunidad, cada uno de nosotros, al participar del sacramento se compromete a compartir la misión de Cristo, a ofrecerse a los hermanos. La mesa eucarística del dibujo se entrega a unas manos delgadas y dolientes. Son las manos de los miles de hermanos que sufren a nuestro alrededor, por los que, en la eucaristía, nos comprometemos a ofrecer nuestra vida.

Cuando uno se siente un poco derrotista tiende a pensar que nuestras celebraciones en el fondo nos resbalan, que las vivimos rutinariamente, que cerramos la puerta a la acción de Dios. Detalles como el de esta tarde alejan por completo esas dudas, me hacen ver que vamos por buen camino.

No sé en qué medida respondemos cada uno de nosotros en el día a día a ese envío del final, pero soy optimista porque para mi Padre-Madre, nada hay imposible.

martes, 18 de enero de 2011

17 de enero. SI ES UN PERRO, ¡ME MUERDE!

Últimamente estoy dándole vueltas a una decisión que tengo que tomar y que afecta a mi futuro. El asunto en cuestión, parece que principio no tiene ninguna pega, que todo son ventajas; que me va a permitir crecer y desarrollarme en mi vocación; que me enriquecerá, me abrirá posibilidades,  responderá a mis inquietudes…

Sin embargo, cada vez que pienso en ello, me pongo nervioso… siento vértigo. Imagino que me asusta la posibilidad de que los pasos que ahora pueda dar acaben creándome consecuencias que no deseo…o en definitiva, que rompa la armonía y la estabilidad en la que ahora vivo.

Esta mañana anduve haciendo gestiones, informándome del tema y al volver, en el autobús, sentía ese cosquilleo en el estómago, esa insuficiencia de aire en los pulmones. Pensé una vez más en la película del otro día (que no se me va de la cabeza)… Los creyentes no somos superhéroes, cada día nos asaltan mil temores, dudas, tentaciones, egoísmos… los protagonistas de la peli también vivieron todo eso. Lo importante es que todos esos sentimientos no consigan la victoria, que no nos paren, que no nos rindamos.

Bien, hasta ahí ya estaba, claro pero enseguida brotaba en mí la siguiente pregunta: y ¿cómo se hace eso?... más vueltas a la cabeza

Con estas historias he pasado la mayor parte del día, sin encontrar una respuesta. ¿Cómo consigo confiar más en  mi Dios? ¿Cómo se vencen esos miedos, esas falsas seguridades? ¿Cómo suelto las riendas de mi vida?

Lo que estoy contando no deja de ser curioso, porque siento –o mejor dicho- SÉ, que ya el Señor lo ha logrado en mí muchas veces con anterioridad… pero ¡no podía recordar de qué forma! ¿Cual fue entonces la receta?

Como ese pueblo de Israel que se olvidaba de las grandes maravillas con las que Dios intervino en su historia, así estaba yo…casi como si no lo conociera.

Más gracioso aún el Evangelio del día, que habla de la novedad de Dios, que a vino nuevo odres nuevos. No me daba cuenta de que ahí estaba la solución que yo buscaba ¡Tres eucaristías he celebrado hoy! Como si Dios me lo repitiese paciente ante mi torpeza.

Lo de buscar nunca se me ha dado del todo bien, cuando mi madre me manda a por algo que rara vez encuentro (aunque lo tenga delante de las narices) siempre me decía “Si es un perro, te muerde”… me temo que eso es lo que me estaba diciendo también Dios.

Al final, en la última misa, la que he celebrado con el grupo de jóvenes de la parroquia se me ha abierto la mente y el corazón.
















Dios es siempre nuevo porque lo es también el Amor. No podemos creernos que ya controlamos el terreno que pisamos, que lo dominamos… Dios siempre sorprende, como si cada día estrenara su pasión por el ser humano.

La clave es esa, ¡el amor una vez más!, el único que es más fuerte que todo, el que vence por encima de cualquier cosa, el verdaderamente todopoderoso.

También así los protagonistas de la película triunfan sobre sus debilidades, cuando los rostros, nombres y vidas concretas se anteponen a las razones abstractas. Por ellos es por los que son capaces de abrir las manos ante Dios.

Ahora entiendo “mi susto” y comprendo que tengo que rehacer el planteamiento. Creo que si oriento la decisión desde el otro más que desde mí, desde el servicio que podré prestar… entonces seré capaz de decidir con paz.

Deberes para mañana para este “aprendiz de creyente”, je, je, me hace gracia mi propia torpeza… me enternece la paciencia de mi Dios.

lunes, 17 de enero de 2011

16 de enero. DE COLORES

En esta vida hay personas que, un buen día, se cruzan en tu vida y dejan en ella su huella, te marcan para siempre.

Hay gentes que te dan lo mejor que son y tienen, y gentes que, queriendo o sin querer te hacen daño, pero todas ellas participan en lo que acabas siendo.

Algunas de ellas llegan y se marchan enseguida; con otras, los caminos se unen durante un tiempo, pero acaban bifurcándose también. En cambio hay algunas que llegan y se quedan para siempre… enriqueciéndote y cambiando contigo.

Yo, no sería yo sin cada una de esas personas que –un día- me salieron al paso. Me siento muy agradecido por todas ellas, por las cosas que me enseñaron; las que no quise aprender; por las pistas que me dieron, los ratos compartidos, las experiencias recorridas.

Es bonito pensar la falta que nos hacemos los unos a los otros, de alguna manera es como si uno mismo fuese una forma concreta y personal de comprender y reunir a los hermanos, como un cuadro en el que han intervenido infinidad de colores, matices, pinceles… en otras pinturas pueden coincidir los mismos colores y trazos pero son obras distintas, cada cuadro es único.

Hay uno de esos “colores” que ha definido notablemente mi lienzo. Desde el primer momento en que ese pigmento comenzó a teñir mi vida hasta hoy, son muchísimas las cosas que he descubierto y aprendido.

Antes de hacerme fraile me enseñó a creer en mi mismo, en mis posibilidades.  Qué fundamental resulta tener en esta vida a alguien que tiene confianza en ti, que te hace creer que “puedes”, que encarna la fe que Dios tiene en nosotros.

Gracias a eso fui capaz de afrontar mi vocación y de decir que “sí, hasta la muerte”.

Una vez dentro de la Orden me mostró cómo ser libre. A poner en su sitio las necesidades de reconocimiento, de estar bien visto y recibir palmaditas en la espalda frente a la verdad de lo que quería, a la fidelidad a mi vocación. “Seguimos a uno al que mataron” me repetía. Con él aprendí también a no ser un fraile- molde ni un político de la Iglesia, sino a buscar mi propia identidad como religioso, la que Dios y no los hombres me propone.

En él he visto una forma de amar, de darse al que sufre, que no tiene en cuenta ni se deja afectar por las consecuencias ni los perjuicios que esa apuesta pueda ocasionar. Que profesamos castidad para amar a todos, no para acabar no queriendo a nadie; que nos interesa amar y no que el interés del amor.

Ha estado conmigo en los momentos más felices y en los más oscuros, creyendo y creyendo en mí.


Este fin de semana he podido disfrutar de la visita de ese color en el convento. Durante estos días nos ha hecho muy bien tiempo, y la gente se ha echado a la calle, a tomar el Sol en las terrazas, en la orilla del río… era un gustazo ver a las familias paseando, los grupos de amigos tomándose unos cafés, los novios tumbados en la hierba…

Casi siempre contemplo esas escenas con envidia sana, mientras voy o vengo con prisa de alguna parte, y pienso: un día de estos tengo que estarme yo también un ratillo al solecito.

Hoy ha sido ese día en el que he disfrutado como un mono del Sol, de mi familia y de ese hermano y compañero de viaje.

El Sol, su luz es la que permite a nuestros ojos distinguir los colores. La luz es el color y los colores son la luz.

Ahora que ya se ha marchado, pienso en lo poco que, generalmente, valoramos lo que es más importante. Como ese Sol al que le debemos todo, pero al que ya estamos acostumbrados y no solemos ni pensar en su presencia, como nuestro Dios que siempre está ahí, aunque no le hagamos ningún caso.

Es necesario saber pararse a veces; mirar a atrás, al presente y al futuro; contemplar esa obra de arte que somos: reconocer los rostros que conforman nuestra existencia, recrearse con sus colores, valorar sus diferentes intensidades, estudiar y entender los claro –oscuros; acariciar sus texturas, disfrutar orgullosos de toda la composición y – sobre todo- elevar la mirada para dar las gracias siempre al “Gran Pintor”.