sábado, 8 de diciembre de 2012

7 de diciembre. SIN PARAGUAS


Imagino que a todos nos ha ocurrido alguna vez: vas por la calle, con la cabeza puesta en lo que sea que nos ocupe, y de repente te impacta algo; una imagen, un olor, un sabor, un sonido; y –sin saber muy bien por qué- te estremeces por dentro; se despierta en tu intimidad algo que estaba dormido.

Esta tarde me sucedía algo así, de pronto, he retenido la estampa que me rodeaba: la calle semi-desierta, los charcos entre  adoquines  brillaban bajo las luces navideñas y, a lo lejos, se distinguían los faros de un coche. No tengo ni idea del por qué, es parte del insondable misterio de la mente y el corazón humanos, pero ese cuadro que armonizaba la soledad y la calidez me ha reconfortado por dentro; me ha dibujado en la cara una sonrisa serena y me ha hecho sentirme muy bien, profundamente a gusto …

Estas cosas seguramente responden a que nos conectan con recuerdos que creemos olvidados, a viejas experiencias y sentimientos que nunca se fueron, no lo sé porque no soy psicólogo, lo cierto es que uno se descubre como si te abrazaran el corazón. No puedo, por tanto, dejar de pensar que es el mismo Dios el que también está detrás de todo eso; que se vale de cualquier cosa para hacernos llegar ese bienestar, su cariño, para besarnos el alma…

Una lluvia de caricias que, incesantemente, se derrama sobre este mundo nuestro. La pena es que únicamente nos enteramos cuando esa bendición, por alguna razón, nos pilla sin los paraguas que nos empeñamos en cargar.

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