miércoles, 25 de abril de 2012

24 de abril. FERIA


 Desde anoche, mi ciudad está de fiesta. Durante una semana entera, vivimos entre luces, sevillanas, trajes de gitana y coches de caballos. Me encanta la feria  y,  ya hoy, he podido pasar unas horas allí  con mi familia.

Aunque he tenido que volverme pronto porque había mucho trabajo esperándome, he disfrutado como un crío de ese rato.



Tradicionalmente, hemos privilegiado mucho la soledad, el desierto y el silencio como espacios de encuentro con Dios y, desde luego es así… pero este mediodía; mientras veía a las familias y a los amigos  reunidos, riéndose, olvidando por un tiempo las penas, cantando y bailando, no podía dejar de pensar que, si quieres, también allí sientes con fuerza a Dios. ¡Claro! ¡Cómo no!



Puede ser que los cristianos nos hayamos vuelto demasiado serios y solemnes; que, tristemente, nos hayamos acostumbrado a poner cara de palo cuando entramos en una iglesia; que nos estemos privando de algo esencial en nuestra fe…de la alegría de sabernos amados, regalados, elegidos, salvados…; que estemos alejando ámbitos inseparables:  que no pensemos en Dios cuando estamos de diversión y que nos llenemos de gravedad cuando sí lo recordamos… hemos hecho que ¡hasta la eucaristía deje de parecer una fiesta! (menos mal que Dios es más grande que todo eso).
 
La juerga  puede ser egoísta e injusta, si nos hace olvidarnos de los más pequeños… pero, en ese plan,  el aislamiento y el silencio también pueden serlo.

No se nos puede olvidar lo que al Señor Jesús le gustaba celebrar con la gente, el cómo frecuentaba las comidas y hacía de ellas signo del reino, ¡le llegaban a decir que era un comilón y un borracho!


















Hoy me acuesto pensando en eso, en que necesitamos recuperar el carácter festivo de la fe… nos sobran los motivos; que la fiesta –si es compartida- es también un extraordinario espacio teológico que descubrir y disfrutar.

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