viernes, 30 de diciembre de 2011

30 de diciembre. LA SAGRADA FAMILIA DE ALMAGRO

Qué frío hacía esta mañana en Almagro… los campos desolados; la iglesia de nuestro convento era una nevera; helado llegaba yo, porque desde que me enteré de lo de Paco me congelé por dentro; y fríos iban llegando, a aquél hermoso claustro, mis hermanos… desde muchos sitios diferentes, uno a uno, alcanzábamos ese destino al que nunca quisimos llegar y nos abrazábamos con los ojos húmedos, sin decirnos nada…



Enseguida descubrí, emocionado, que no estábamos solos, que habían venido viejos amigos y que  muchos miembros de mi parroquia también se habían dado esa paliza de viaje y estaban allí, con nosotros, para darnos un beso y un pañuelo.



Después llegó esa madre, fuerte, serena, la que era un poco la madre de todos, a la que todos quisiéramos poder consolar… con ella el resto de la familia… de nuestra familia.



Luego algunos sacerdotes del lugar y el pueblo entero que abarrotó silenciosamente el templo.



Todos juntos, me atrevería a decir que más que nunca,  hemos celebrado la resurrección de un joven fraile, hemos dado gracias por su vida, hemos llorado y hasta sonreído al recordar sus bromas y su forma de ser.



Me he vuelto enseguida, solo otra vez… y conduciendo por las tierras de la mancha, de repente, me he dado cuenta….



Ya no tenía frío, todo lo contrario, me encontraba confortado y el Sol me acariciaba el rostro con cariño… ahora tenía el abrigo de la familia, el calor de Dios, que nos había alcanzado en la unidad y la fraternidad y que había derretido todos los hielos del dolor o del vacío y secado mis ojos, por primera vez en dos días.



Hoy, precisamente en la solemnidad de la Sagrada Familia, no creo que el mensaje sea si este modelo o el otro es el que vale… todo lo contrario:



¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc. 3).







Lo que nos enseñan María, José y el niño es a estar siempre abiertos a la Palabra de Dios, abiertos al amor y la unidad, y por tanto, al nuevo, al distinto, al extranjero… a saberse,  ser y hacer familia con todo ser humano.

Eso es lo que muchos hemos vivido esta mañana en Almagro, los que estábamos allí, los que no pudieron pero se unían en la oración ¡éramos uno solo! unidad por amor y en el Amor; es lo que he experimentado de esta vocación y esta Orden que Dios me ha brindado; es el tesoro escondido  que no quiero dejar de buscar y construir… el primer regalo que me ha hecho mi hermano Paco desde el cielo en este  fin de año  intenso, como intensa es siempre la vida cuando uno se atreve a vivirla de verdad.

1 comentario:

  1. Tú que estas en la otra orilla...30 de diciembre de 2011, 20:58

    Paco acuerdate de nosotros en el cielo!!! Te queremos

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