jueves, 28 de febrero de 2013

28 de febrero. LAZARO Y EPULÓN


Sigo dándole vueltas al asunto de la sencillez. A mi edad, uno se empieza a dar cuenta de que la vida va pasando y de que muchas de las cosas que esperaba conseguir no han llegado; que va siendo hora de ir a por ellas, si de verdad las quieres…

El problema es depurar tus sueños  y averiguar qué es  lo que verdaderamente deseas. Ninguno de nosotros, y tampoco los religiosos, estamos libres de las tentaciones del consumo y el aparente éxito social que nuestra sociedad nos presenta, y esas tentaciones pueden colarse, sin que nos demos cuenta, en los sueños que acariciamos… y uno “quiere querer lo que Dios quiere”, sí, pero…

Estoy plenamente convencido de que en la voluntad de Dios está el camino: en el servicio, en la pequeñez, en dar la vida, en los olvidados. Del mismo modo, sé que eso supone que uno mismo acabe siendo igual de arrinconado e insignificante…
 


En esta vida hay unos pocos que triunfan, que son reconocidos y considerados; y una inmensa mayoría que trabaja, sufre  y vive en silencio, que nunca serán nada a los ojos del mundo. 

Mi lucha interior va por ahí últimamente, quiero estar del lado de los segundos, me esfuerzo por hacerlo, pero trato de que mi opción sea profunda y convencida… sin envidiar a los primeros, ni añorar los aplausos que no recibiré. Ciertamente, es un posicionamiento que se puede realizar desde infinidad de carismas diferentes, que no todos estamos llamados a hacerlo del mismo modo; pero no quiero que eso sea una excusa que justifique una existencia que, en el fondo, esté muy lejos de las víctimas de nuestra historia.


Y ¿cómo hacerlo? Pues ahí tengo el Evangelio, el modo en el que lo hizo Jesús: mirándome a mí mismo y a mi propia vida desde los ojos de Dios; dejando que sea, sólo Él, el que me reconozca; buscando afirmación desde su experiencia, por dentro y no por fuera.

En principio lo sé todo, tengo las respuestas que necesito; la Escritura nos lo dice muy clarito… pero no termina de entrarme en la cabeza ni en el corazón. Seguramente no soy el único, otro gallo cantaría si las gentes de Iglesia estuviésemos plenamente convencidos de ello; si sólo pusiéramos nuestra confianza y seguridad en Dios; si todo nuestro afán fuese ser pequeño con los pequeños.

Pero bueno, ¡para eso está la cuaresma! Para recordarnos que no podemos dejar de pelearnos con nuestros miedos, egoísmos, inseguridades y suficiencias; y una cosa está clara, puede que no sea conquista de un día pero,  mientras nos continuemos esforzando, iremos ganándonos pequeñas batallas; seguimos manteniendo abierta la puerta de la esperanza; la certeza de que algún día, Dios nos ganará por completo.

27 de febrero. PARROQUIA DE SAN JACINTO


Hoy he vivido una de las experiencias más bonitas que la parroquia me ha regalado en todos los años que llevo aquí, compartiendo camino.

Muchos miembros de los diferentes grupos de la parroquia nos reuníamos para celebrar la misa y la mesa después; lo hacíamos en un ambiente informal pero completamente cargado de sinceridad, como la familia que verdaderamente somos.

Hoy reflexionábamos juntos sobre el Evangelio de la sal y la luz y la invitación que Jesús nos hace de dar sabor e iluminar al mundo… mientras escuchaba cada aportación, yo pensaba que la sal y la luz no suelen llamar la atención, que cumplen con su función muy discretamente. No te das cuenta de que faltan hasta que empiezas a no ver bien, o cuando te ingresan en el hospital y tienes que comértelo todo soso… Así es mi parroquia, así es esta preciosa fraternidad de hombres y mujeres de fe: llena de vitalidad y de la alegría del Evangelio.

Puede que muchos de ellos ni lo sepan, que no lo vean con la claridad con la que yo lo he experimentado yo estando a su lado. Yo soy uno de los últimos que se  incorporó a esta comunidad y, desde el principio, fui recibido con los brazos y el corazón abiertos de par de en par. Estas gentes, mis hermanos de Triana, han sido pacientes con mis carencias y limitaciones, se han volcado conmigo en los momentos de celebración y también para apoyarme en las dificultades; juntos nos hemos mantenido fieles a nuestra identidad y convicciones cuando nos han querido comprar o nos han azotado con mentiras y falsas acusaciones… con el amor, la lucha, el ejemplo y la alegría, que sólo pueden brotar de la fe, me han enseñado mis primeras lecciones en esto de ser sacerdote.

Seguramente, en todo el mundo, hay montones de creyentes que no son conscientes que no terminan de creerse eso de que son sal y luz… pero aun así, dan sabor a la existencia y rompen infinidad de oscuridades… porque cuando, en su aparente insignificancia,  se reúnen los granos de sal, ya nada es como antes, nada es insípido; y cuando se enciende una luz, por minúscula que sea, todo deja de ser de color negro.
 

miércoles, 27 de febrero de 2013

26 de febrero. PEQUEÑO


Estos días, las lecturas nos hablan de la sencillez, de hacernos pequeños; o al menos así lo estoy recibiendo yo, que ando en esa clave desde que el sábado, en el encuentro, las palabras de un hermano me iluminaban al respecto.

Hacerse pequeño es reconocer la propia debilidad, admitir -con la benevolencia con que lo hace Dios-  nuestras caídas y fracasos interiores… partir de nuestra verdadera identidad como criaturas.
 


Es demasiado habitual el error de negarse a aceptar esa parte de nosotros, tanto a nivel personal como de toda la Iglesia y, cuando hacemos eso nos apartamos de la realidad, la propia y la del otro; empezamos a construir mentiras a nuestro alrededor, falsedades orientadas a la galería que pretenden recabar el reconocimiento exterior: mostrar a todos lo buenos que somos, alardear de riqueza o virtudes,  grandes manifestaciones públicas que demuestren que somos muchos, que tenemos poder e influencia. Superficialidades que no conducen a nadie a la felicidad, que no resultan significativas para la humanidad y que, en el fondo, tienen mucho de miedo.

Para colmo, si nos ensimismamos en esa película que nos montamos a veces, podemos llegar a creérnosla de tal manera que nos sentimos en posición de juzgar e imponer a los hermanos lo que nosotros, desde nuestra elevada posición, creemos que necesitan.

Sólo reconciliándonos con nuestra miseria, siendo compasivos y misericordiosos con nosotros mismos, podemos descubrirnos al mismo nivel en el que está cada ser humano; entender su vida, su situación, sus motivos, su dolor; escuchar de su boca lo que necesita en realidad y poder ofrecerlo, ponernos al servicio.

Encontrar las señales que nos orienten por ese camino tiene que ser una de las principales ocupaciones del creyente, de la Iglesia entera, especialmente en este tiempo de cuaresma… por ahí, siendo Iglesia humilde y servidora, está la grandeza de verdad.

martes, 26 de febrero de 2013

25 de febrero. COLLADO...


 

He pasado el fin de semana en un encuentro del MJD (Movimiento Juvenil Dominicano); sólo han sido un par de días, objetivamente no es mucho tiempo, pero si ha sido grande e intenso lo vivido. Especialmente honda ha sido mi experiencia, porque después de dos años como coordinador nacional ya se acaba mi servicio y el fin de una etapa.

Durante toda mi vida religiosa, la pastoral con y junto a los jóvenes ha sido mi mayor prioridad; durante todo ese tiempo he visto cómo esas personas crecían, maduraban, optaban, vibraban con el evangelio, se enamoraban… y sobre todo no he podido evitar quererlos, quererlos mucho a todos. Son una parte esencial de mi vocación y mi vida. Pero estoy convencido de que ha llegado el momento de tomar distancia; es hora abrir nuevos caminos, para ellos y para mi propio seguimiento de cristo.

Cuando se ama a algo o a alguien, se corre la tentación de querer instalarte, apoderarte de aquello que no te pertenece, porque es de Dios, sólo suyo… y es necesario estar dispuesto a abrir las manos y ofrecerle lo vivido, lo trabajado, lo sufrido y disfrutado. El verdadero amor es aquel que sabe  liberar y desprenderse. Entregar es precisamente eso: despojarse, alejar y ver marchar… y confiar, desde la certeza de que Dios – del que todo lo has recibido- sabe lo que se hace y nunca dejara de  cuidar lo presentado.
 

Las mías son unas manos pequeñas y bastante torpes que hoy quieren ofrecer una pequeña flor; muy diminuta porque; aunque he querido mimarla, protegerla y regarla con todo mi ser; sé que no es mucho lo que he podido hacer y dar, al menos mucho menos de lo que yo hubiese querido; pero es una flor muy hermosa, porque tiene en su centro un corazón: uno abierto de par en par, que mis hermanos menores han sabido colmar de amor e ilusión.

Y tiene también una lágrima, pequeña porque la ofrenda se hace con alegría y gratitud, pero también es difícil la partida.

Una flor sencilla y querida que el Señor hará crecer fuerte y vigorosa; que mañana esparcirá sus semillas al soplo del Espíritu; que nos regalará a todos un bello perfume; que yo, orgulloso, espero poder respirar.

jueves, 21 de febrero de 2013

21 de febrero. POR DIVERSOS MOTIVOS


He comenzado el día atendiendo a un chaval que ha tenido la valentía de plantearse la vocación religiosa, por si eso fuese poco, también ha sido capaz de hablarme con toda franqueza: me explicaba las razones que le habían traído hasta este punto, las más loables pero también otras que le preocupaban porque pensaba que no eran tan aceptables.

Yo le agradecía su sinceridad, pero le decía también que no sufriese por ello, que las personas somos así, que rara vez hacemos algo movidos únicamente por motivos “puros”. Cuando hacemos algo, lo conveniente es que las principales motivaciones que nos mueven sean generosas o desinteresadas… pero no podemos evitar que, junto a ellas, aparezcan también nuestros miedos, egoísmos e intereses personales.

Mi historia está cuajada de ese tipo de “cebos” que el Señor nos coloca: por ejemplo, cuando empecé a participar en las actividades de la Orden, siendo muy jovencillo, lo que ante todo me animaba no era mi fe, ni la búsqueda de sentidos… yo iba solo porque me lo pasaba bien y me gustaba estar con aquella gente.

Pero ¡Dios nos conoce bien! Y nos ama de tal forma que es capaz de valerse hasta de esos estímulos secundarios para conducirnos hacia nuestro lugar, el puesto que nos corresponde en la existencia, la vocación de cada cual, ¡la felicidad!

Y por medio de esos “porqués” que no parecen muy honorables, Dios, poco a poco, te va seduciendo; lenta y  progresivamente va ganándose el primer puesto en tu corazón, hasta que un buen día descubres que has picado del todo, que Él ya lo es todo para ti.

Tampoco quiero decir que nos abandonemos al egoísmo y la conveniencia, claro… sólo que no nos torturemos demasiado cuando los pillemos in fraganti en nuestro interior. Pongámoslos en manos de Dios; que son como el trigo y la cizaña, que deben crecer juntos, hasta que el dueño del campo – cuando llegue el momento-  vaya acabando con las malas hierbas, para hacer  que solo brille el trigo que Él sembró en lo más profundo de tu ser.

miércoles, 20 de febrero de 2013

20 de febrero.SOLUCIÓN


La tarde de hoy se me presentaba bastante desahogada y he aprovechado para hacer “deberes”, para completar o asumir trabajos  que tenía pendientes. El saber que tienes a la espalda asuntos inacabados te genera una angustia que, aunque sea prácticamente inadvertible, está ahí, permanentemente estrujándote el corazón… qué diferencia con la profunda sensación de bienestar y satisfacción que te produce el haber cumplido, el saber que has terminado algo, que has hecho lo que debías. Todos, en muchos momentos hemos experimentado lo mismo.

Pienso que si eso ocurre con las pequeñas cosas del día a día, mucho mayor es el bien que te provoca el completar o afrontar los grandes asuntos de la vida: encontrar respuestas, sentidos, ordenar tu propio interior, vivir conforme a todo eso… Por eso, entre otras cosas, dice Jesús aquello de “venid a mí los que estáis cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso”.

No parece que tenga mucho sentido el continuar vagando por esta tierra con un sentimiento de opresión, de angustia y fatiga; cuando sabemos lo que podemos hacer para invertir esa experiencia. Solemos excusarnos diciendo que no hay tiempo, que estamos muy ocupados para eso, pero no es verdad: cuando algo es necesario y se convierte en urgente  encontramos el hueco y la posibilidad de realizarlo…  ¡nada más que tenemos una vida! Merece la pena y la alegría el dejarse de pretextos, el poner los medios para que podamos disfrutarla en lugar de sufrirla.

 

19 de febrero. JUGAR CON FUEGO


Durante toda esta primera semana de cuaresma, el tema de las tentaciones está presente, de una forma u otra, en las lecturas que la liturgia nos ofrece.

A veces en la vida te encuentras con personas que no sólo no luchan contra esas tentaciones sino que se entregan a ellas sin problema ninguno. Precisamente hoy me llegaban noticias sobre dos personas a las que quiero mucho y que, desde hace un tiempo,  se encuentran en esa dinámica. La historia la conocemos todos, es la de aquellos que, una y otra vez arriesgan lo que de verdad es importante, cegados en un juego absurdo, una ruleta rusa que, tarde o temprano, acabará disparándose y arruinando todo lo que tienen, lo que Dios les ha regalado.

Todas esas personas tienen a gente que les aprecia y les advierte, seguro que se encuentran también con infinidad de señales diversas que les advierten del peligro… pero nada, aunque en principio puedan reconocer la verdad de esos avisos, después permanecen ciegos y sordos. Conozco un gran número de casos así, que han terminado con matrimonios rotos, vocaciones perdidas, padres e hijos alejados, confianzas destrozadas o convicciones olvidadas. Después, cuando todo se va al garete, dirán que no sabían, que nadie les previno, que Dios estuvo callado mientras ellos se abalanzaban sobre la perdición.

Las noticias que me han llegado me causan un profundo malhumor, se siente uno tan impotente cuando alguien a quien quieres se obceca en  la inconsciencia… te sientes tan decepcionado que te entran ganas de desentenderte de ellos y abandonarlos a su suerte.

También conozco varios casos así, de familias o gentes que, supuestamente en nombre de Dios, han echado de su vida a los seres queridos que no actuaban conforme a lo que consideraban acertado. Eso no deja de ser la otra cara de lo mismo, de idéntica cerrazón.

Porque, en el fondo, si nos colocamos en la perspectiva de Dios, hemos de reconocer que todos somos un poco así,  igual  de ignorantes en multitud de cosas de la vida; que cada cual puede contar en su historia un sinfín de pequeñas traiciones y caídas anunciadas. Y Dios nunca nos abandona, permanece junto a nosotros hasta cuando nos hundimos en las pequeñas o grandes fechorías y maldades… y sigue estando ahí después; cuando nos hace falta una mano que nos ayude a levantarnos o un abrazo que recomponga nuestros pedazos; incansable, ofreciéndonos permanentemente una nueva oportunidad.

Así que, aunque duela y duela mucho, en esas situaciones,  la única opción creyente que nos queda es la de intentar hacer como Él: insistir y no dejar nunca de acompañar al otro, también en los errores que cometa; seguro que también hubo o habrá quien  hizo igual con nosotros.