viernes, 19 de agosto de 2011

18 de agosto. VEN-ID

Hoy ha llegado el Papa y el ánimo de todos esos jóvenes que vienen abarrotando los metros, calles y plazas de la capital se ha disparado….mi asombro no deja de aumentar con lo que veo y vivo: todo un espectáculo de alegría y VIDA.

Lejos de lo que podía pensar antes de venir, la inmensa marea internacional que nos inunda no está compuesta por jóvenes raritos o sospechosos de pertenecer a ningún fundamentalismo; todo lo contrario, gente joven normal y corriente, como cualquier otro pero, a la vez, excepcional… genuinos en la valentía con la que callan ante las provocaciones esporádicas que estamos recibiendo; en sus convicciones, en sus valores, en la fe que les llena de entusiasmo.

Jóvenes de verdad, tantos que parece que ya no cabemos en ningún sitio… casi imposible conseguir comida en ningún establecimiento en menos de una hora  (y eso que es para llevar, porque comer dentro ni se plantea); estaciones de metro colapsadas, en las que no se puede uno ni bajar del vagón porque el andén está repleto de personas que esperan a poder salir fuera; calles en las que he tenido que esperar a que el semáforo se pusiera en verde por segunda vez porque en la primera no he podido ni bajar de la acera… en fin tremendo, desbordado…. Y todo, siempre en medio de la alegría, el buen humor y los cánticos constantes.

Después de los actos de estos días, junto a la familia Dominicana, en los que me he sentido orgulloso de nuestro carisma y vocación, hoy hemos ampliado horizontes y todas las familias religiosas se han unido para celebrar y compartir juntos la fe común.
Acabo de llegar de la fiesta de la vida consagrada que organizaba CONFER. El palacio de los deportes de Madrid estaba a reventar. El comienzo ha sido espectacular, 14.000 jóvenes han hecho que el edificio vibrara al son de la música y las palmas.

El acto ha supuesto un paso más en las sensaciones y las reflexiones de estos días. Una vez que está uno bien afianzado en su propio carisma, hay que abrir los horizontes para descubrir que somos sólo una parte del total de la Iglesia, incluso una porción que puede pasar completamente desapercibida; que somos una parte del cuerpo, importante y fundamentalmente necesaria, pero que compartimos la identidad con el resto del organismo, que lo necesitamos y lo disfrutamos todo juntos.




Es el equilibrio en el que tenemos que intentar vivir nuestro proceso personal de fe, el sabernos indispensables (lo que dejemos de hacer o aportar al reino no lo hará nadie por nosotros, los sueños que Dios nos ofrece sólo nosotros podemos hacerlos realidad) pero a la vez, reconocernos pequeños, necesitados, “siervos inútiles” ante la grandeza del Padre y Madre de todos y de la oferta que pone ante nosotros. ( no somos nada, ni nada podemos sin los hermanos, sin acogernos a la incondicional presencia del Señor)

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